Hablando de Jordania

Me sigo resistiendo. Me dice uno que el otro ha dicho tal cosa, que la historia está muy clara y que es mejor adoptar una postura apoyada en la zona dura. He llegado a tener la figura de perfil, los músculos tensos por la duda de continuar con el gesto hasta el final. Del derecho para siempre o del revés pase lo que pase. Y no, la trasera, eso que siempre estuvo, que todo el que miraba podría haber visto y no quiso, esa zona oscura que hace correr a unos cuantos camino de una salvación estúpida, esa, se queda donde toca. Tapada por siempre jamás.
Es ahora cuando hay que acordarse de unas cuantas cosas que estuvieron bien a la vista cuando interesó. Es ahora cuando hay que conocer el precio de lealtades que se desmoronan o de amistades que sirvieron para poco más que añadir un par de líneas en el historial minúsculo como artista. ¿Dónde han quedado los favores del maldito que anda intentando librar lo que puede menos mi patrimonio? ¿Se esfumaron las ilusiones colosales que aparecían cuando crecíamos algunos mientras el gigante miraba socarrón desde su mesa sabiendo que el tiempo no perdona? Y unos quieren arrastrar a todos para que parezca una cosa justa, si hay coincidencia no puede haber error. Pues no. Me resisto. Me prometí hace años que así tenía que ser y así será.
Como de costumbre la poesía viene y va en un pensamiento que se ocupa del constipado de Gimena, de la primera comunión de Guille o del progreso académico de Gonzalo. De lo verdaderamente importante. Celaya.
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Esto es lo que hay. Algunos pueden pensar que la actitud es sólo digna de un imbécil, pero me pueden otras cosas. Saber que en la siguiente esquina me encontraré peleando (otra vez, como siempre fue) por algo que ni siquiera me pertenece; que alguien puede estar pensando que, a pesar de todo, tuve los arrestos de llegar hasta un final desolador.
Me pregunto si merece la pena ser feliz y hablar de Jordania cuando alrededor se habla del parné que mueve todo. Y no quiero contestar. Me basta saber que esta noche podré charlar con Silvia de nuestras cosas o de las mías sin que se me caiga la cara de vergüenza.


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