Haciendo amigos (Fin de la serie)

El Plan Primoroso estaba a punto de completarse. G. tenía dispuesto un operativo grandioso, espectacular, infalible. Recibió el mensaje del comandante en jefe. Estaba cifrado. Se escondió bajo una carreta y leyó. G. apoyó la cabeza en el suelo e intentó levantar las piernas. La carreta era demasiado baja y no pudo ser. Haciendo alarde de gran valentía salió de allí. Cabeza en el suelo, piernas estiradas. “˙oɹǝɥɔuılıʞ os ‘opıpǝdsǝp ɐpǝnb ‘sɐɯǝpɐ ‘ʎ ˙oqɐɔɐ ǝs ɐʎ oʇsǝndnsǝɹd lǝ ʎ ɐpǝnd uǝınb ʎɐɥ ou souɐɯnɥ soʇsǝ uoɔ ˙ɐʇɐıpǝɯuı ɐɯɹoɟ ǝp ǝsǝɹƃǝɹ”. Descrifó el mensaje. “Regrese de forma inmediata. Con estos humanos no hay quien pueda y el presupuesto ya se acabó. Y, además, queda despedido, so kilinchero (tonto de los cojones en lenguaje local)”. El rato que estuvo manteniendo esa postura (entienda el lector que los penes simulados en mundos extraterrestres, además de estar erectos de forma permanente, tienden a apuntar hacia arriba, lo que significa que G. podría parecer una Y con un palito de más en la parte superior), ese rato, tuvo que hacer grandes esfuerzos para no desplomarse. El que pasaba por allí se agarraba a su pene o bien intentaba sentarse encima dependiendo de las habilidades y apetencias del paseante. Como dijo tiempo después “fue un rato incómodo”. Terminó tan pronto como pudo. Deprimido, abatido, dolorido, a punto de cometer una locura y acercarse al buey que tanto le había llamado la atención, pero que tanto temor le causaba debido al tamaño de todo lo que le resultaba curioso de su cuerpo, renegando y lloriqueando, se concentró para reducir su tamaño en un noventa y tres por ciento. Así pudo salir del campamento sin grandes problemas. Tan sólo tuvo que esquivar a un par de niños (un par de cabrones decía él al recordar el episodio) que querían pisotearle al confundir su cuerpo enano con algún insecto volador (G. tenía la capacidad de volar con autonomía de dos galaxias y media).
Llegó a la nave. Conectó motor principal, auxiliares, en un despiste lo volvió a desconectar todo, y, una vez que todo funcionaba, introdujo las coordenadas de su planeta en el ordenador de a bordo. Miró por la pequeña ventada de estribor. Comenzó a llorar desconsoladamente, a masturbarse una y otra vez, a cagarse en los muertos del comandante en jefe. Todo a la vez. Se fue calmando despacio. Y fue en ese momento cuando tomo la decisión más importante de su existencia.
Eligió una forma humana copiando exactamente una imagen del archivo principal. Eligió un nombre. Salió de la nave. La hizo desintegrarse. Y caminó sin saber cuál sería su destino final. Se cruzó por el camino con un primer hombre. Le preguntó cómo podía llegar a una gran ciudad. “Por allí” le contestó señalando con el índice. “Pero hay que cruzar el océano, guapa”. “Eso es lo mismo caballero”, contesto G. “Buen viaje. ¿Cómo te llamas, hermosa?, insistió el hombre. Levinsky. Monica Levinsky, dijo G. sabiendo que una nueva vida empezaba para él(*).
(*)El resto de la historia la pueden consultar en las hemerotecas.


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