Haciendo amigos I (2ª Temporada)

G. regresó a su planeta con burra y todo. Durante el viaje, analizaba al animal para saber si su sistema reproductor funcionaba con normalidad. Al llegar a su destino se encontró con el comandante en jefe esperando en la rampa C-22. “G. Eres un primilitigo (gilipollas en lenguaje local). Un auténtico primilitigo arrencianado (gilipollas de cojones en lenguaje local)”.
Fue duramente castigado. Borraron de sus recuerdos todo lo sucedido en el planeta.
Recibió una caja que contenían las nuevas órdenes. Introdujeron a G. en la cabina principal de la nave y lo enviaron de vuelta a la Tierra.
Antes de aterrizar destruyó una central eléctrica y seco un pantano de un solo disparo. Finalizó la maniobra y no lo pensó dos veces. Leyó con lentitud las nuevas órdenes. No quería equivocarse. “G. localice una pareja de la misma especie animal. Introduzca sus cuerpos en el modificador temporal atómico para que lleguen intactos y regrese lo antes posible. No me sea primilitigo y no se deje llevar por las pasiones humanas. Ya sabe que son lesivas para usted. Y deje la mula donde estaba.”
Pulsó el botón. La transfiguración fue inmediata. Su aspecto era muy diferente. Copia exacta de la fotografía que el cabrero le había mostrado en su anterior viaje. Vestía un terno nazareno y oro, corbatín rosa y montera encajada hasta las cejas. Su pene erecto (coincidiendo con la pernera derecha) se dejaba adivinar tras la tela. Los grandes pechos hacían que el corbatín se ondulase cayendo como una lengua de reptil. Pensó que el pelo corto le hubiera favorecido algo más aunque no dio importancia a los que veía y salió corriendo de la nave.
No tardó mucho en encontrar lo que buscaba. No cabía duda. Una pareja de la misma especie animal. Vestían con chaquetas y pantalones verdes, botones dorados y un extraño gorro de charol brillante. Con piquitos. Uno lucía un bigote mostacho, el otro no, lo que significaba que tenía delante un macho y una hembra. Iban armados aunque de forma rudimentaria. Según se acercaba notó como la pareja se detenía mirándole fijamente. G. decidió, como gesto de amabilidad, mostrar sus pechos y su pene justo al pasar junto a sus víctimas. “A ver, tú, anormal, documentación” escuchó. El del mostacho le agarró la melena (rojiza y rizada esta vez) al mismo tiempo que le arreaba un guantazo con la mano abierta. “No te jode el mariconazo este vestido de luces”. El segundo guantazo hizo que G. de desintegrara. Las partículas se movían aturdidas, chocando entre ellas, iban y venían mientras se ponían rojas como tomates. Pero se repuso ante la mirada atónita de la pareja. G. utilizó sus poderes telepáticos para inmovilizarles. Corrió hasta la nave, modificó las coordenadas y despegó con la misión cumplida.
Fue castigado duramente al llegar.
Los extraños seres nunca llegaron a reproducirse aunque, mientras lograron sobrevivir, organizaron de mil amores el tráfico entre la ruta HJ y la JIO. Eso sí, los millones de partículas enrojecidas y desorientadas que se acumulaban en hora punta llegó a ser un problema muy serio para el comandante en jefe.


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