Haciendo amigos (últ. cap. de la 1ª temporada)

Por todos es sabido que las formas de vida extraterrestres carecen de órganos genitales. Así, G. se transfiguraba para poder decir “estoy hasta los cojones”, gozar de un buen rato a solas sin tanto poder mental (le había tomado el gusto al placer puramente físico), o mirarse en la pantalla del descodificador que le permitía ensayar diferentes gestos o peinados con los que parecer más atractivo. Una última vez apreció el color negro de su pelo (lo había modificado al pensar que el color amarillento provocaba reacciones inexplicables en los humanos). Creyó que le favorecía mucho. Y recordó al cabrero. Qué rato tan bueno. “Tanta telepatía, tanta telepatía”, pensó entristecido.
Comenzó su tercer intento. Órdenes estrictas: capturar formas de vida con capacidad para reproducirse. Había caminado doscientos metros aproximadamente por la carretera cuando algo sorprendente ocurrió. Un ser humano se acercaba aunque le resultaba difícil reconocer en esa figura lo que ya sabía gracias a la observación. Se acercaba. Pelo negro, grandes caderas, dos pechos enormes, traje negro que no dejaba distinguir las piernas (luego descubrió que iban dentro), una pieza de barro sobre la cabeza y ni rastro del pene característico entre los humanos. El ser humano paró al ver a G. “Pelandrusca” le pareció escuchar. Pudo comprobar que la mujer (G. descubrió más adelante que es así como llaman a estas extrañas formas de vida en la Tierra) miraba su pene erecto primero, sus pechos después, otra vez el pene. “Asqueroso” gritó. La mujer se llevó una mano a cada lado de la cintura. La notó algo contrariada. Se acercó a ella contoneándose al caminar con lo que todo se contoneaba al mismo ritmo. “Si te acercas te atizo un guantazo que te avío, so guarra, so mariconazo”. G., que ya se las sabía todas, decidió adoptar una estrategia muy ensayada durante los últimos meses. Levantó los dos brazos y dijo “me rindo”, me rindo”. Paró a metro y medio de la mujer pensando en el mejor momento para capturarla. La mujer miró de arriba a abajo el cuerpo de G. “La ocasión la pintan calva, que coño”, dijo dejando la pieza de barro en el suelo. Y fue dicho y hecho. Durante un par de horas, dejándose de poderes telepáticos y de gaitas, disfrutaron de lo lindo. Al acabar, la mujer decía cosas tan interesantes como extrañas. Estar juntos, cuidaré de ti, familia, amor y algunas cosas más que G. no pudo recordar debido a los nervios del momento.
La mujer agarró la pieza de barro y sacó unos garbanzos y un trozo de tocino (con las manos porque, a pesar de todo, otra cosa no sería pero relimpia a más no poder). G. creyó estar a punto de desmayarse cuando cató aquella delicia. No había pasado ni un minuto cuando se empezaron a producir pequeñas explosiones dentro de G.
“No te aguantes que eso es muy malo”, dijo la mujer acariciando el cutis desastroso de G. “Puedes peerte tanto como quieras porque el amor lo supera todo”.
G. enrojeció y una enorme explosión le hizo desintegrarse de nuevo. Las partículas se esparcieron en un radio enorme puesto que se movían como propulsadas a reacción. Dejaban una estela blanquecina a su paso y un aroma extraño. Como de cocido caducado.
G. regresó a su nave cuando las partículas se integraron de nuevo. Notó que su volumen era algo mayor que antes.
Descansaba. Un ser vivo (en la tierra se le conocía como mula) estaba parada frente a la nave. G. pensó en el cabrero, en la mujer. Y decidió tener nuevas experiencias.


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