Haciendo amigos (y II) (2ª Temporada)

G. decidió hacer sus propios planes. Nada de aspectos impuestos por otros, nada de órdenes absurdas y descerebradas.

Lanzó una sonda de reconocimiento programada para captar imágenes perfectas a una distancia de seis mil metros y con capacidad para recorrer trescientos mil metros a la hora.
Tuvo que elegir entre medio millón de posibilidades. Descartó, con rapidez, todas excepto tres. Miró detenidamente la imágenes y, valorando con astucia cada una de las opciones, se inclinó por la que más adecuada le pareció para llevar a cabo lo que llamó “plan primoroso”. Se transfiguró y pensó que esta vez no fallaría. El futuro de la raza estaba en sus manos.
Un gran número de personas caminaba en fila. Carros arrastrados por bueyes, hombres y mujeres cantado, una mezcla de colores que le resultó muy atractiva. Un niño que correteaba de aquí para allá se paró y le señaló. “Mamaaaaaa, mamaaaaaaa, mira a ese. Está en cueros. Llama al papa. Tengo miedooooooooo”, (a G. le resultó chocante que el acento hubiera cambiado en las palabras papá y mamá por lo que revisó su diccionario y, al no encontrar esas posibilidades, las catalogó como palabras propias de chiquillos que corretean de aquí para allá). Poco a poco, todos fueron parando, señalando. Los niños se agarraban a sus madres, las madres a los padres, los padres a garrotes de madera tosca. De uno de los carros bajó un tipo vestido de negro. Un librito en las manos y un collar del que colgaba una cruz. “¿No te da vergüenza? Arrodíllate, pecador. Y que alguien le ponga algo por encima. Delante de la virgen, por el amor de Dios, dónde vamos a llegar”. Un hombre joven echó una manta a G. por encima de los hombros. G. obediente para no llamar la atención más de la cuenta había hincado las dos rodillas en la tierra. El joven le ayudó a levantarse y le llevó hasta el carro del hombre de negro. Por el camino, los niños le escupieron, le lanzaron piedras, y algún adulto le sacudió con la mano abierta en el cuello.
La carroza estaba cubierta. A un lado el hombre de negro leía su librito. “Ponte aquí delante, de rodillas. Vamos a ver que puedo hacer por ti”. G. no lo dudo y sabiendo que las debilidades del terrícola llegan siempre por el mismo sitio, en cuanto notó la mano del hombre su cabeza (sin pensarlo dos veces) le bajó la cremallera. El cura (luego supo que se llamaba así) estaba diciendo algo sobre el pecado o algo así. Pareció sorprenderse en un primer momento aunque se limitó a seguir diciendo cosas con un tono algo nervioso. ¿Quieres ser mi monaguillo, hijo? G. dijo sí. La cosa estaba encarrilada. La misión primorosa era un éxito.
Por la noche, mientras G. se masturbaba con los pies, tuvo una extraña visión. Un hombre con túnica blanca hasta los pies, barba y pelo largo, entró en la carroza. Parecía brillar en la oscuridad. A punto de entran en éxtasis (nunca se explicó muy bien el por qué) descubrió que era Nicasio, el marido de Dolores, matrimonio que acompañaba al cura en la carroza. Cuando salió Nicasio, entro Edelmiro y así sucesivamente hasta que llegó el turno de las mujeres. A G. no le causó gran problema. Como todo el mundo sabe, los seres extraterrestres pueden conectarse a un piloto automático que se les implanta doce segundos después de ser creados. El plan primoroso era un gran éxito. G. se masturbó de nuevo (con los pies, sí) y dejó que todos durmieran. Había llegado el momento.
(continuará)


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