Haciendo amigos (y II)

Una de las características más importantes de la vida extraterrestre es que es extraterrestre. Esto quiere decir que los humanos no llegan a imaginar qué es lo que tienen enfrente.
G. explotó violentamente y sus pedacitos quedaron esparcidos por aquí y por allí. Pero los trozos se fueron buscando con rapidez, unos a otros, para completar a G. otra vez. Luciendo su forma humana, caminó hasta donde había dejado su nave dotada con tecnología y armamento de última generación. Envió un mensaje de protesta a su comandante en jefe por la falta de información veraz y se introdujo en la cápsula de recomposición molecular y limpieza mental urgente. Aún no había terminado la sesión cuando recibió contestación. El mensaje llegó cifrado y con la categoría de secreto nivel uno. YaAv. Pulsó la tecla para descodificar aquello. Diez segundos. No más. Vaya. Ese era el mensaje. Gruñó, volvió a su aspecto humano, salió de su nave y comenzó a caminar. Doscientos metros más allá se encontró con un ser humano. Llevaba un palo en la mano y se rodeaba de animaluchos que según el manual de asalto eran inofensivos. Por lo visto, se llamaban cabras. El hombre del palo y gorrilla negra le miró. Dijo: “A ti te daba yo lo tuyo, rubia”. Sin mediar una sola palabra más se abalanzó a G. Su intención era violarle sin ningún tipo de miramientos, pero, dadas las circunstancias le violó, luego se dejó violar y, por último, se procuraron placeres mutuos. Las cabras miraban.
El hombre, una vez terminadas las violaciones mutuas y la sesión de placeres impensables para ambos, le invitó a fumar. G. imitó cada gesto del hombre. No le pareció peligroso. ¿Quieres un trago? dijo el cabrero ofreciéndole la bota de vino. Confiado, G. aceptó. Su desintegración fue tan rápida que el cabrero pensó que todo había sido un sueño.
Las partículas se agruparon como pudieron aunque la labor fue difícil. Las más perjudicadas se movían sin rumbo fijo, algunas de dos en dos riendo y cantando, otras fueron encontradas bajo las piedras descansando y sin sentido.
Cuando G. logró ser G. envió otro mensaje a su comandante en jefe. Su queja era insolente y tajante. La contestación no llegó cifrada. “Cuando dije vaya quise decir “oh, lo siento, vaya por jus (dios local)”, imbécil. Quédese quieto y espere instrucciones”.
G. aprovechó ese tiempo para recomponer cuerpo y mente. Empezaba a sentir cierto cariño por los terrícolas. El cabrero, oh, el cabrero, dijo antes de cerrar su único ojo.


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