Haciendo amigos (y III)(2ª Temporada)

Los seres extraterrestres se caracterizan, entre otras cosas, por la mala leche que pueden llegar a gastar cuando no les salen las cosas bien. G., siendo un ser amorfo y enano, ya mostró un carácter difícil. Al poco de llegar a la escuela de telepatía audisupraemocinal fue expulsado por trescientos veintidós años. Nunca se supo la verdadera razón por la que esa expulsión fue fulminante aunque la sospecha de los seis millones de alumnos que asistían a las clases preparatorias del nivel gamma se apoyaba en la cantidad problemas que G. ocasionaba a las hembras. Cuando no eran mensajes telepáticos guarros eran tocamientos (físicos, nada de chorradas mentales) y si no eran mensajes telepáticos cochinos o tocamientos eran gestos obscenos a las profesoras (hipermasturbaciones aceleradas, orgasmos multitudinarios y esas cosas tan incómodas). G. demostró en su más tierna infancia una gran inadaptación (como todo el mundo sabe es el período comprendido entre el año cero y los mil cuatrocientos quince posteriores). Siendo adulto las hembras le huían sistemáticamente. Lo que en términos coloquiales (en las diecinueve galaxias exploradas) se viene llamando amargado.

Es esta la razón por la que G. se sentía atraído enormemente por el planeta tierra. Humanas que se alzaban la falda sin grandes problemas, cabreros que no hacían ascos a nada, curas que se dejaban embaucar a poco que uno se arrodillara o romeros necesitados de amor.

El plan primoroso de G. era sencillo. Después de enamorar a buena parte de la población, G. iría enjaulando a los más sanos (luego confesaría que quiso hacer alguna excepción dependiendo del tamaño del órgano reproductor masculino sin atender a la salud de la pieza) y, una vez enjaulados, los llevaría a la nave Tluaner, los congelaría y los trasladaría a su planeta.

Después de pasar cinco días y cinco noches con aquel gentío, el cura le pidió que le acompañara. Le dijo que tomara asiento a su derecha. Una multitud de hombres y mujeres se sentó enfrente de ellos. Si el cura movía el brazo hacia arriba todos se levantaban, si el cura cantaba todos cantaban. Hubo un momento en el que G. sufrió un ataque de pánico. El cura ordenó arrodillarse a todos. Todos a la vez, qué depravado, pensó recordando los cinco días que le habían dado en la carreta, aunque se quedaron en su sitio con cara de pena. Unos miraban hacia arriba, otros cerraban los ojos, pero nadie se movió de su sitio. Sonó una campanilla y se levantaron como un solo hombre. Comenzaron a caminar en dirección a donde estaban el cura y G. Llegaban, el cura les introducía en la boca un trocito de algo redondo y se volvían a su sitio. El último fue él. Aquello no sabía a nada. Se deshizo y, de forma fulminante, G. se convirtió en cientos de millones de partículas tras la explosión. Como siempre, se buscaron unas a otras. Primero se alzaban con las manitas juntas (las partículas tienen manitas) y carita bondadosa (también tienen carita). Parecía que llevaran en la parte alta una lucecilla. Más tarde bajaban cantando de modo angelical. Cuando estuvieron todas en el suelo se constituyeron en G. La muchedumbre gritaba “milagro, milagro” y el cura lloraba diciendo “Dios habla en los lugares más insospechados”. G. supo que debía retrasar el final de su plan primoroso algo más de lo previsto. Y supo que, dadas las circunstancias, esa noche se lo iba a pasar bomba.

(continuará)


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