Haciendo amigos (I)

G. llegó a la tierra a bordo de un artefacto de última generación, modelo Ovlov. Después de arrasar un par de pueblos por completo (quería saber si de un solo disparo podría hacerse), abandono la nave y comenzó a reptar por la carretera que llevaba a la primera y última gran ciudad que vería en su vida.
Al llegar, se transfiguró adoptando el aspecto humano. Eran instrucciones precisas de su comandante en jefe. Pelo claro y largo, dos pechos excesivos para la altura de G. (1,22 metros), el cutis picado de viruela y un pene erecto que movía exageradamente al contonear exageradamente unas grandes caderas.
Entró en el bar. Un lugareño comenzó a reírse de su aspecto. Iba desnudo, todo hay que decirlo. Otro de los lugareños, el más corpulento, le golpeo en repetidas ocasiones mientras gritaba que el zoo estaba en el otro lado de la ciudad. Un tercero se apiadó. Le agarró del brazo, tiró de él y le llevó a una esquina del establecimiento. Pidió un refresco, se lo entregó y miró atónito como G. comenzaba a hincharse hasta explotar.
En el bar toman, desde entonces, las bebidas carbonatadas después de moverlas con un palillo. Dicen que por miedo a no poder dormir a causa de los gases.


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