Hay que hacer cosas

Aprendemos y hacemos. Es sencillo y, a la vez, terrible. Porque, si el aprendizaje es un desastre, lo que hagamos lo será necesariamente.
Me van a permitir que ponga un ejemplo taurino. Cuando el torero decide dar un muletazo cambiado por la espalda al toro; es decir, en lugar de pasarle por delante hacerlo por detrás; está enseñando al toro un camino que no va a ser el habitual. Si el torero repite el pase por la espalda la cosa se complica y debe estar atento para no terminar en la enfermería cuando quiera dar un pase por delante. El toro aprende lo que le enseñan y, sin querer coger al torero, irá a la espalda y se lo puede echar a los lomos.
Pues bien, eso es lo que está pasando en nuestro mundo. Nos han enseñado que hay que competir; que esto es cosa de cada uno y que los demás son algo parecido al enemigo; que no se trata de ser felices sino de comprar mucho para parecer más; que los estudios válidos son los que nos proporcionan dinero; que las matemáticas son más importantes que la filosofía; que los árabes son fundamentalistas; que los cristianos son fundamentalistas; que las otras religiones son propias de iluminados que están, de paso medio tarados; que cada ser humano va por libre y eso de la sociedad consiste en que vivimos en colmenas y poco más. Nos están machacando a través de los medios de comunicación con mensajes falsos, erróneos, destructivos. Las ideologías han desaparecido para que sea la economía la que mande cuando casi nadie sabe qué es eso y para que sirve. Que las cosas se arreglan cuando el mundo entero se mueve y, si no es así, no hay nada que hacer.
Mentiras, enormes mentiras que nos están dejando reducidos a marionetas sin futuro, sin ideas y sin esperanza. Mentiras que nos tragamos sin parpadear. Mentiras que nos introducen en una espiral que no dejamos ya nunca más.
No hay que competir. De eso nada. Lo que hay que hacer es pensar en cómo podemos colaborar para conseguir un mundo mejor. Lo de competir es lo que se han inventado algunos para ganar más y más dinero. Los mismos que nos han convencido de que el enemigo es cualquiera que no seamos nosotros mismos. Que no, que no. Que nuestros compañeros de trabajo son eso y no otra cosa, que una persona es un igual y si lo olvidamos estamos perdiendo nuestra propia esencia, que la competición consiste en sobrevivir haciendo que todo vaya mejor. Es falso que seamos más felices teniendo más. Absolutamente falso. Lo que nos hace felices es ser amados, ser apreciados, ayudar a los demás. Joder, si damos una limosna a un pobre y creemos ser los reyes del mundo al creer que hemos hecho un favor a alguien que las está pasando canutas. Y las matemáticas son buenas si nos permiten sentirnos realizados. Y la filosofía o la mecánica o la fontanería. Es absurdo sentirse menos por elegir el futuro que creemos mejor. Es absurdo y lesivo. El que cree en Dios está en su derecho y es algo más que saludable si le va bien al individuo. Lo que es indecente es que nos presenten a esos individuos como locos o como seres extraños. Lo que es de locos es utilizar lo más íntimo de las personas -sus creencias, sus mitos- para atacarles o para conseguir que ataquen sin piedad a otros. Es falso que el mundo sea cosa de cada uno de nosotros. Que va. Somos un todo. Y, por supuesto, todo lo que hagamos influirá en otros. Usted que lee este texto, por poco que sea, está cambiando. El mundo se mueve porque todos nos movemos, porque hacemos cosas enanitas. Pero, sobre todo, porque somos una sola cosa. Y esa cosa (permitan que me ponga algo cursi) está unida por nuestra solidaridad y nuestra capacidad para amar y sentirnos amados. La gran diosa economía es una patraña que sirve a unos pocos. A los que idolatran el dinero.
Hay que hacer cosas. Por pequeñas que sean. Esa es la forma de cambiar el mundo. Eso de ampararse en el qué hago si no va a servir de nada es una postura antinatural y lejana a lo que el ser humano necesita. Hay que hacer algo. Lo que sea. Ya está bien de mirar con cara de pánfilos. Ya esta bien de tragarnos lo que nos dicen cuatro papanatas que tienen la posibilidad de hablar frente a un micrófono. Hay que hacer algo tan sencillo como pensar en los demás, en ayudar a los que podamos y con lo que podamos. Eso no es una utopía, no es algo inalcanzable. Lo podemos hacer. Aunque nos parezca muy poca cosa lo que esté a nuestro alcance. Hay que hacer cosas y hay que hacerlas ya mismo. Se lo pido, por favor, a todos ustedes.


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