Hiperrealismo

Tengo la sensación de que en la calle hay menos gente que de costumbre. Seguramente es falso.
Vivo una tranquilidad estúpida que me tengo que inventar después de hacer el más mínimo movimiento. Todo descansa en silencio, esa quietud que llega obligada porque un gesto más te lanza de bruces contra la realidad. Terror.
Estoy fumando demasiado. Comienzo a escuchar música sin que me agrade. Quizás otra cosa. Pero la mente se dispersa incluso para eso. Un café se ha quedado frío sobre la mesa. Frío. Parece un cuadro hiperrealista que hubieran dejado para recordarme mi lugar en el mundo. Si observo, nada se mueve un solo milímetro. Si me muevo todo sigue en su lugar. No hay perspectiva suficiente. Ni para pensar, ni para eludir lo que tengo enfrente.
La habitación se agranda. Mucho, casi de forma insoportable. Sentado en una silla. Justo en el centro. Las pareces blancas. Suelo y techo negros. Busco la puerta, pero no está. Cierro los ojos y me imagino en el mismo lugar. Con nitidez. No hay escape posible. Y lo sé. Ratonera blanca con tapas negras.
Me froto los ojos y me obligo a seguir. No quiero bajar a la calle de nuevo. Sospecho que estarán desiertas.
Escucho como llega un tablón que golpea el cráneo. Lo hace pedazos. Es el propio silencio que se hace hostil. Y yo lo convierto en algo tangible. Todo lo que te hace sufrir ha de tener un nombre para creer que ejerces cierto control sobre la cosa. Inventas una forma para poder medir de alguna manera algo tan gigantesco.
Una puerta se abre. Detrás no hay nada. Lo sé. Igual que sé que se trata del único camino.
Me agarro las rodillas y apoyo sobre ellas la cabeza. Una gota de sangre cae al suelo. No puede verse. El rojo sobre negro no existe. Aunque yo sé que allí está.
Seguramente es falso. Todo. Pero yo sé que está.


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