Hipocresía

Mesa número quince. Solo. Alrededor conversan. Un rumor que es imposible de entender por tumultuoso, por estéril. Limonada y tortilla.
Un par de tipos trabajan con sus ordenadores portátiles sobre la mesa. Otro lee el periódico moviendo los labios. El que está en la mesa del fondo fuma y mira al techo. Apenas pestañea. Creo que de un momento a otro comenzará a llorar o a gritar. El gesto es extraño. El labio inferior caído, un ojo a medio cerrar, una mano sobre la mesa (la que sujeta el cigarro), la otra bajo la mesa. Apaga un pitillo para encender otro. Una mujer embarazada llega arrastrando los pies.
El lugar se ordena después de cada modificación. Cada uno parece estar en el lugar que le correspondió siempre.
La pareja de jóvenes que acaba de entrar discute.
– No debería haber dicho que estábamos aquí.
– Ya está hecho. Y si no es ahora hubiera sido en cualquier otro momento.
Se sientan y guardan silencio. Ella cruza las piernas con gesto torcido.
Pido la cuenta. Está usted invitado dice el camarero a la vez que pone cara de no saber nada. Busco un rostro amigo. Y es cuando me doy cuenta. Recuerdo.
Un muchacho entra con rapidez y se dirige a la mesa ocupada por la pareja. Saludos cariñosos. Qué ganas teníamos de verte. Cuenta, cuenta. Una escena gastada y repetida. Patética.
Recojo mis cosa con una lentitud exagerada. El hombre que mira al techo se levanta. Se acerca. ¿No me recuerdas? ¿Tanto envejecí? No sé quién eres, contesto. Deja sobre la mesa su tarjeta. Sólo su nombre. Pues no me acuerdo de ti, digo, preferí creer que no existías, pienso. Me mira y sonríe. Nunca te diste una sola oportunidad para rectificar, fuiste siempre un cadáver. Se aleja.
Alzo la mano para que me vea el camarero. Una cerveza, por favor.
Los jóvenes siguen hablando como si se quisieran, la embarazada bebe un vaso de vino (seguro que su marido cree que está comprando patucos), el que lee el periódico repetirá lo que ha leído a sus amigos para parecer más listo, los de los ordenadores preparan una gran mentira con la que salvar el puesto de trabajo durante una temporada más. Son como ratas caseras subidos en la rueda de la jaula. Corren para no llegar a ningún sitio. Hipócritas.
Sí, le señalé con el dedo, dije la verdad, lo que yo pensaba que era cierto. ¿Cómo iba yo a imaginar que aquella chica quería que la tocara? Mil y una vez lo hubiera repetido. Además, era ella y no otra.
Alzo la mano. Una cerveza más. Hasta que pierda el sentido.


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