Historia de un amor

Corre hasta la ventana. Quiere ver cómo se aleja. Un primer beso sorteando las luces del portal. Subir corriendo dos pisos para poder ver. Se hace pequeño. Parece que vaya dando pequeños saltos de baldosa en baldosa. Igual que un niño jugando a no pisar raya. Abre los brazos. Se detiene. Un movimiento casi nervioso. Baila. Y ella observa con atención. Se hace diminuto. Le cabe en la palma de la mano.

El bebé duerme tranquilo. Lee una revista prestada. Le fascina saber que alguien se conforma con un vestido caro mientras el mundo huele a talco. Escucha el ruido de las llaves. Se abre la puerta. A talco y a hombre diminuto. Todo bien; el trabajo no es más que una forma de vivir; siempre hay que aguantar a algún gilipollas; pero todo bien. ¿Ya dice papá? No le despiertes, hombre, que me ha costado mucho trabajo dormirle. Ven aquí, chico listo. Este no dice ni pío. Eres un impaciente. Les mira antes de salir del salón. Pequeño uno. Diminuto el otro.

Blusa negra. Falda negra. Gafas negras. En silencio junto a él. No ha dicho una sola palabra desde el día anterior. La gente se acerca para ver. Abre la boca y habla. Al fin. Me voy, paso de esta historia. Ella se queda. Y, esta vez, no quiere ver como se aleja de allí. Sabe que, si mira, descubrirá que algo de él se ha quedado junto a la caja de madera que ya desciende. Después de acabar todo le busca. Escribe algo en su libreta negra. Decide esperar. Retirada. Cuando escucha el llanto se separa algo más. Hay mucho tiempo por delante.

El diagnóstico es aterrador. Pero insiste en levantarse, cada mañana, para caminar. Un rato eterno para todos. Los chicos le acompañan. Se van turnando. A veces, incluso van las novias escuchando sus viejas historias. Hoy ha querido ir solo. Espera mirando. Ya puede verle. Apenas es un punto. Se acerca. Saluda sabiendo que le mira. Con torpeza, intenta saltar de baldosa en baldosa. Los saltos no le mueven del sitio. Es enorme. Gigantesco. Se lleva la mano abierta a los labios. Estira el brazo con la palma de la mano hacia arriba, igual que si hubiera tirado algo arrancado de la boca. Sonriendo. Enorme.

Este era el abuelo. ¿Verdad que era guapo? Te llamas como él. Y tienes sus ojos. Se levanta. Mira por la ventana. Le ve. Con claridad.


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