Hogar, dulce hogar

Ya están en casa Gonzalo y Guillermo. Han sido catorce días de campamento agotador para ellos y algo tranquilizador para nosotros. Pero sólo algo porque aquí se quedaron los jovencitos de la familia para no dejar un minuto de respiro a sus padres. Guzmán con un ataque de celos descomunal (¡qué guantazos atiza a su hermanita en cuanto puede!) y Gimena con un ataque de hiperactividad que le lleva a ponerse de pie en el cochecito estando sujeta con las correas. Tiene siete meses. No quiero imaginar lo que será esta niña con año y medio. Ambos, Guzmán y Gimena, han descubierto que tienen padres. La pequeña llora y la hacemos caso. El joven Guzmán no deja de hablar porque ahora le contestamos e incluso hacemos puzzles o pintamos con él. A partir de hoy la cosa será parecida a la de hace catorce días. El que quiera jugar que busque un hermano libre. Se acabaron los padres con tiempo y volvemos a ser papás de familia numerosa.
Gonzalo regresa mucho más alto. Sospecho que con un amor escondido en su mochila. Guillermo más alto también. Sin amores. Igual de simpático y de loco.
Los hemos recibido con el mismo entusiasmo con el que los dejamos. Con las mismas ganas con las que los volveríamos a dejar dentro de veinticuatro horas.
Antes de que llegaran hemos ido a comprar. Una tonelada de comida. La ropa sucia debe pesar otra. La lavadora no creo que resista este tute. Y ahora la casa es un constante ir y venir de niños. Ya se parece más a lo que es.
Nos pasamos la vida despotricando por esto o por aquello. Juramos preferir todo menos lo que se convirtió en rutina. Pero cuando falta lo añoramos. Somos incapaces de disfrutar de lo que tenemos por no ser capaces de valorarlo con calma. Malditas prisas.
Ya les contaré algo más de todo este lío. Ahora tengo que dejar de escribir. Gimena llora porque se está achicharrando en la cuna. Creo. Y Guzmán pide agua. Y Guillermo quiere contarme algo sobre una actividad en la que hizo de narrador o algo así. Y Gonzalo ha vuelto a poner la música para que la escuchen en la calle Leganitos. Silvia no dice ni pío. Igual ya se ha ido. O se le ha tragado la lavadora. Quién sabe.
El único consuelo es que dentro de poco, muy poco, podremos sentarnos en el sofá y desmayarnos escuchando The Continental, por ejemplo. Menos da una piedra.


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