Ilusiones

Viernes. Cuando comencé a escribir (de forma constante y encontrando un hueco que se convirtió en una forma de vida) decidí hacerlo con tinta verde y en papel amarillo. A mano, siempre a mano. El sonido del plumín deslizándose sobre el papel aporta un ritmo muy distinto al de las teclas pulsadas una y otra vez. El movimiento de la muñeca aporta una cadencia distinta al texto. Es algo parecido a escribir escuchando un disco de AC-DC o hacerlo con una sinfonía de Rachmaninov de fondo. No puede ser lo mismo. Pues bien, tinta verde y papel amarillo. La cosa fue cambiando. El amarillo que recordaba estar haciendo algo distinto de lo habitual se convirtió en blanco rayado. Cosas del oficio. La tinta verde, no, eso es sagrado. A veces, pocas, escribo directamente con el teclado. Falta de tiempo.

Afortunadamente, el hombre practica la sana costumbre de volver a los principios. Y , además, el azar ayuda. Acompañé a Guillermo a una fiesta de cumpleaños. Una compañera de clase. Libro y ipod olvidados. Dos horas por delante sin nada que hacer. Una papelería enfrente. Salvado. Entré y allí estaba, sobre el mostrador. Una mujer decía que no, que el color no terminaba de gustarle. Tapas naranjas, papel amarillo rayado. Como a mí me gustaba.

Esto que lee se escribió en papel amarillo, con tinta verde, tomando café y fumando. La mesa era de mármol. Como la que tenemos en casa y en la que tantas veces he escrito. Confieso que he sentido cierta emoción. Recordar los primeros intentos de hacer literatura, las primeras fabulaciones para conseguir una trama coherente, atractiva; jugar con el lenguaje hasta encontrar un registro y una voz que encajaran. Esos inicios que ilusionan y destrozan al mismo tiempo. Fracasos, pequeños triunfos, dudas, el aliento de muy pocos, la extrañeza de casi todos, saber que los hay que te mirarán siempre como un aprendiz.

Tinta verde. Papel amarillo. Muchos años después. Cuánto ha cambiado la vida. ¿Qué queda de aquel jovencito que buscaba un futuro repleto de ilusiones literarias? ¿Dónde están los demás? Los puedo ver, podría decir que son ellos, pero pienso y no es cierto. Apenas queda nada de lo que conocí.

Sábado. Celebración en el Liceo Europeo. Día del Libro. Los chicos estuvieron estupendos en la representación de los cuentos adaptados de Ignacio y Josefina Aldecoa. Los padres colaborando con sus risas y sus aplausos. Muy cariñosos con sus hijos y conmigo. Para terminar, entrega de los premios literarios. Muchas alegrías y algunas grandes decepciones. Y los chicos, sin excepción, con su sonrisa a cuestas. Y con un bloc de papel amarillo en la cartera. Su bolígrafo preferido. Una montaña de ilusiones.

Rocío, una de las ganadoras, enseñando una sonrisa ingobernable. Júlia reprochándome que le había dicho “no tienes la más mínima opción, tus poemas son un horror” cuando sabía que tendría un merecido premio. Chicos y chicas que se presentaban por primera vez y habían logrado un accesit mostrando su diploma con orgullo. Antonia mirándome entusiasmada porque este año repetía triunfo. Luis con su premio especial debajo del brazo. Olga intentando huir de las felicitaciones mientras arrastraba su eterna timidez. Ilusión. Ganas de repetir un buen trabajo. Y yo, por qué no decirlo, orgulloso por el mío.

Papel amarillo. Tinta verde. Escribir a mano. Siempre a mano.

Me niego a perder eso. Y, además, el azar no me deja. Ni los chicos que quieren ser escritores porque contagian. Les veo y me recuerdan sentado mientras intentaba descubrir el mundo. Con letras verdes sobre fondo amarillo.


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