Importancia del personaje en la narración (II)

Del personaje hay que saberlo todo. Y cuando digo todo quiero decir todo. Es muy posible que no utilicemos más de un dos o un tres por ciento de esa información, pero es muy posible, también, que en un giro inesperado de la trama nos veamos obligados a introducir algo de esa información conocida y, hasta ese momento, sin importancia (algo que sucede con frecuencia porque la narración lo demanda y el autor se encuentra ante una situación inesperada para él).

Saber todo acerca del personaje no obliga, en ningún caso, a describir todos y cada uno de los rasgos físicos o sicológicos del mismo. Es más, suele ser desastroso. Por ejemplo, si queremos describir el rostro de alguien y lo hacemos a modo de inventario, sumando rasgos y más rasgos, el resultado suele ser que el lector deja de ver (ojos claros, orejas puntiagudas y ligeramente separadas de la cabeza, pelo fino de color castaño que presenta un remolino en la zona frontal, otro en la nuca y un tercero junto a la oreja izquierda, cejas pobladas y muy pegadas a los párpados, barbilla prominente, boca pequeña, labios finos y sin color…). Si por el contrario decimos de ese mismo personaje que “miró fijamente a la mujer mientras sonreía. Entrecerró los ojos y un hilo de saliva comenzó a caer por la comisura derecha de la boca” inventariamos mucho menos, el lector sabe mucho más y expresamos notablemente respecto a lo anterior.

Esa sonrisa, ese hilo de saliva y la mirada fija hace que el personaje aparezca y la trama avance. Y lo hace desde la expresividad, eso que involucra en la narración al lector, eso que hace que el lector quiera saber porque está sintiendo lo mismo que el personaje. Quiere y necesita saber para comprender.

Es el personaje el que soporta el peso de la narración, en el que nos tendremos que apoyar en zonas de intensidad narrativa importantes. El personaje lo es todo.

Este es un problema terrible para los nuevos autores. Generalmente se tarda mucho en entender que no es necesario contar todo lo que sucede, que no es necesario entrar en detalles irrelevantes que no dejan de ser una anécdota que hace ganar a la novela unas páginas. Al contrario. Una forma elegante y precisa de narrar (sí, sí, precisa) es no decir. Un buen texto tendrá la esencia de lo oculto en los silencios, en los espacios vacíos, en las elipsis. No se pierde nada si el lector descubre que debajo de lo que se muestra hay cosas que no se pueden escapar. Un problema para los nuevos autores y un recurso para los escritores de best Sellers. Estos como no tienen personajes sino estereotipos se ven en la obligación de entrar en detalles absurdos para que aquello parezca otra cosa y que la trama parezca más consistente.

El personaje lo es todo. Al menos en la literatura verdadera. Crean lo que digo.


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