¿Por qué nos casamos? La respuesta se arrastra con rapidez hasta el extremo de la lengua. Quisiera poder decir lo que toca. Por amor, por amor, por amor. Pero sé que las razones son muchas. Tal vez esa sea la menos importante de todas. Las definitivas son las mismas que echo de menos ahora. Si dije sí es porque necesitaba hacer las cosas que deseaba desde que era niña, si dije sí es porque no entendía un mundo en el que no pintaba nada. Me casé porque quería tener unas botas katiuskas. Todas las niñas tuvieron, todas excepto yo. Y, ahora, quiero dejar de estar con él por la misma razón. Quiero mis botas. Las que nunca tuve.
Tal vez me casé por amor. Si fue así, ya no me acuerdo. Hay cosas que el tiempo erosiona hasta hacerlas desaparecer. Pero aquellas katiuskas siguen intactas.
- Oye, oye, estás en otro mundo. ¿Se puede saber en qué piensas?
- Ah, nada, en cómo arreglármelas para poder ir de compras tranquila. ¿Qué decías?
Le toca con las yemas de los dedos. Sin apenas apretar recorre su espalda. Despacio. Allí está, tumbado, desnudo, quieto, suyo. Apoya la cara en la otra mano, el codo en el colchón, estira un poco más las piernas. Se relaja.
Mientras, él piensa en cómo decírselo. La siente amenazadora en exceso.
Mira a través de la ventanilla. El autobús recorre con pesadez el trayecto, como si sintiera pereza al hacerlo de nuevo. La enorme nube que cubre el sol imita estar dibujada, parece que siempre ha estado en el mismo lugar. Un joven besa a su pareja. Ella estira la espalda, el cuello; la columna se curva mientras ríe. Mira a través de la ventanilla procurando ser discreto. ¿Cómo sería un beso en el corazón?, piensa. El beso alarga los cuerpos; uno se prolonga con el otro. Pero estar dentro es otra cosa, ha de ser más, mucho más. Ahora, mira el respaldo que tiene delante, un trozo de plástico gris que toma forma, la de ella. ¿Que habrá sido de ella? Un beso enlaza los cuerpos, los arranca de sí en una entrega fulminante. La calidez de la lengua expresando con ternura el principio de los tiempos, el final del mundo. Dos cuerpos unidos. Pero sólo dos cuerpos pueden llegar a ser lo mismo si uno entra en el otro. Besar para poseer, por siempre. Un beso en el corazón. Mueve la cabeza de un lado a otro, nervioso. El cielo completamente azul. El gris del respaldo implacable. Duro.
Eso que estás siempre a punto de contestar, pero que, aún no sabes bien por qué dejas para la próxima ocasión; eso, es lo que tú quisieras escuchar después de decir algo parecido a lo que lees.
¿Has pensado que lees por eso, porque buscas lo que tantas veces se te pasó por la cabeza y a lo que no diste una forma definitiva?
Lo encuentras. Miras con atención. Lo encajas allá donde toca. Y dibujas a ese al que le hubieras dicho esto mismo. Esperando una respuesta. La misma que darías tú, ahora, pero que retrasas porque no sabes si alguien leerá algo que sientes como importante. Prefieres guardarlo dejando que te pertenezca por siempre jamás. Exponer tanto produce cierto vértigo.
Y es curioso que, resumiendo mucho unas cosas y otras, eso que hubieras dicho, eso que no contestas, el dibujo del otro, este texto, todo; finalmente, todo se reduce a una pregunta. En la vida todo se limita por la misma razón. ¿Me quieres? Y a un par de respuestas. Si. No. La mitad de posibilidades. La razón del silencio. El miedo a una mitad.
A eso vienes. Y eso haces porque es lo único que puedes hacer.
El futuro no se dibuja con los mismos trazos del pasado. Los arrastra como cimientos que son. Si se construyeron mal, nuestro futuro parecerá más un garabato que otra cosa criticado por todos. Si el diseño fue el correcto conseguiremos algo parecido a una obra de arte que nadie más que nosotros sabrá contemplar.
Tener mala memoria hace imposible decir mentiras. Tener mala memoria obliga a inventar las verdades.
¿Por qué es obligatorio que me quieran mis hijos, que no vean mis defectos o que les guste lo que digo? ¿Por qué nos imponemos algo tan manoseado como el querer? Lo que es obligado es amarse a sí mismo sobre todas las cosas. Lo demás viene después.
En el amor todo funciona como en la estadística. Se agarra una gran mentira, se ordena, se presenta como exacto y, a partir de ahí, nada es como se dijo.
Es un hecho que el mundo está lleno de gilipollas. Y lo peor de todo es que los gilipollas creen estar llenos de mundo.
El ser humano se diferencia del resto de animales por su posibilidad de perdonar al otro. Como no es capaz de hacerlo (sólo sabe de venganzas) decimos que se diferencia por su capacidad de reír. Tiene huevos la cosa.
Un papel en el portal. Alguien lo ha dejado pegado a un cristal de la puerta de entrada. Garabateada una frase. La letra pequeña, casi histérica. La vida no da oportunidades porque lo hecho hecho está. Al salir, me he sentado a fumar un cigarro con tranquilidad. Me gustan los bancos de madera, esos que hay en la calle. La gente caminaba de un lado a otro, todo se movía sin apenas sentido. Una muchacha, antes de salir del edificio, ha leído el papel. Poco después, anotaba algo en él. No he podido resistir la tentación. El que no da opción eres tú, capullo. Estaba borracha. He ido imaginando lo que había pasado. A ella coqueteando con no sé quién. A él llegando para descubrir. Una discusión. Al día siguiente llamadas sin contestar. Desesperación, rabia, arrepentimiento. Podría haber imaginado la vida entera.
Mientras, el mundo se movía sin apenas sentido. Allí no hay ni preguntas ni respuestas.
En realidad, no existo como el resto de las personas.
Aparezco si tú miras la pantalla y lees durante un par de minutos. Dejas de hacerlo sin pensar en que vuelvo a la nada. Tal vez, alguien te sustituya en poco tiempo. O no.
Sin embargo, tú sigues siendo. Con algo de mí agarrado para siempre en algún lugar de tu pensamiento.
Esa es la condena y la grandeza de un escritor al que leen. Nunca ser. Ser para siempre.
Amar es difícil. Por sacrificado siempre. Muchas veces por ingrato. Otras por estéril. Dejarse amar, hacer lo necesario para que puedan querernos o devolver lo recibido a cambio, es casi imposible. No existe una vara de medir amores. Cada uno tiene la suya propia y nunca coincide con la que comparamos. Y es que el problema se apalanca tramposo en eso que llamamos pareja o familia o amistad. Nunca el amor funcionó como una soga uniendo dos partes. Queremos siendo uno; el amor es cosa individual. No hay recompensa por amar, ni trueques, ni facturas, ni descuentos por tener buen comportamiento. Amas y punto. Tú, a solas. Todo el que espera que el amado devuelva algo está perdido. Lo que llega será con la forma que otro elige, en el momento que decida sin consultar con nadie y lo hará llegar como pueda. Desde su amor, desde un amor muy distinto al nuestro; desde un amor que demanda esto y no aquello, que funciona mejor ahora que después. Dejarse amar es igual de sacrificado, ingrato o estéril que hacerlo. Ni damos lo que esperan ni recibimos lo deseado. Ni somos tan cicateros como quisiéramos ni dejan de amarnos cuando nos sobra eso que tanto nos entusiasmó, pero que ya no nos interesa.
El enamoramiento nos obliga a construir futuros inciertos y falsos. Luego, es la sensatez la que dibuja las cosas de forma diferente. Quizás más realista. Llegan las decepciones, los odios, los perdones, los olvidos, las distancias, el recuerdo. Ya ni amamos ni nos dejamos amar. Volvemos a lo que fuimos. Y lo camuflamos de tragedia horrible para enmascarar un error o un acierto que nunca queremos confesar. Creo yo que es eso y no otra cosa el triunfo de la sensatez. Pero sólo la de un lado. De la que entiende que el amor es cosa suya y no de dos.
Mi padre me pareció un superhéroe. Siendo niño, le veía llegar a casa desde la terraza. Corría y esperaba a que abriera la puerta sabiendo que me revolvería el pelo con las manos. El mundo se convertía en un lugar seguro. Era mi padre, del que podría presumir en cualquier lugar y del que podía esperar cualquier cosa.
Hoy, que conozco lo mejor y lo peor de lo que fue y arrastró durante su vida, hoy que puedo ser capaz de recordarle con trazos amables, imperfectos, finos o toscos; me sigue pareciendo un superhéroe. No sé si lo hago intentando defender todo lo que heredé de él, no sé si lo hago cegado por la devoción. No lo sé.
Quiero pensar que, tan sólo, es porque me indicó el camino que habría que transitar para querer. Para quererme a mí mismo, para no dejarme atrapar por un conformismo arrasador. Aquí se viene a ser algo importante. Para ser mediocre ya está el cielo. Que allí son todos iguales, me decía cuando algo no iba bien. Y para querer a otros. Si algo caracterizó a ese hombre fue su insólita capacidad para amar y hacer que te sintieras importante. De poco sirve querer si el otro no lo percibe; quien no se siente especial está muerto.
Aún no sé porqué razón he decidido agarrar la estilográfica para escribir todo esto. Quizás sea porque hace mucho tiempo que nadie me desordena el flequillo con las manos. Quizás sea porque le echo de menos. Sin más. El caso es que era necesario escribir. Y un padre siempre es una buena razón.
Llega el final del verano y con él la rutina que se había quedado agazapada tras la última queja, quizás envuelta en ese deseo de pasar unos días que lo iban a cambiar todo. Regresa la rutina del pensar que hay que hacer esto, deshacer lo otro, escuchar más, hablar más, mirar más, querer más. Porque la rutina es lo que pensamos cambiar y dejamos tal y como está. Una y otra vez. Sin remedio. Queremos escapar de ella sabiendo que durante un tiempo seremos lo que deseamos desde mucho tiempo atrás, veremos en otros lo que se perdió por el camino y creemos recuperar durante unos días. Es el momento de la fantasía. Pero se trunca al chocar con violencia contra la esclavitud que nos imponemos para parecer lo que no somos aunque nos permite ser. La dichosa imagen que hace de nosotros supervivientes de nuestro propio naufragio. Parezco esto, pero no lo soy. Triste.
Aunque siempre queda a salvo la posibilidad de confundir la rutina con lo que no lo es. Y ser felices.
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