Inercia

Escena 1
– Tú lo único que quieres de mí es un revolcón. Eres un cerdo.
– No, te equivocas. Soy un tipo normal y corriente. Capaz de amar como cualquier otro.
– No hay nada que me haga pensar que quieres otra cosa diferente. Me haces sentir como una puta.
– Sigues estando en un error. Deberías pensar que las cosas son de otra forma. Y no llores. Para eso sí que no hay motivo alguno. Anda ven aquí.
Al día siguiente, cuando despertó se encontró sola en la cama. Una nota en la mesilla que decía algo sobre lo conveniente de verse más menudo para dejar las cosas claras.
Escena 2
– Esta vez no. Hasta aquí podíamos llegar, cerdo.
– Sólo venía a devolverte esto. Creo que es mejor que lo tengas tú.
– Es la primera vez que te veo los ojos llenos de lágrimas. No, no te vayas. Tomemos un té. Ay, déjame, vamos a tomar algo primero.
Al día siguiente, cuando despertó se encontró sola en la cama. Una nota en la mesilla que decía algo sobre la necesidad de conservar aquello, que se lo había pensado mejor.
Escena 3
– Vaya, así que regresas. Tú ¿quién te has creído que soy, golfo? A mí no me vuelves a engañar.
– No quiero que te sientas como una puta, creo que es mejor que seas tú quien conserve esto, tengo los ojos llenos de lágrimas, traigo diez o doce notas diferentes para dejarte en la mesilla y me encanta el té. Soy capaz de amar. Soy un tipo normal y corriente.
– Vete a la mierda. Sois todos iguales. Fuera.
Al día siguiente, cuando despertó se encontró sola en la cama. Fue hasta el salón, descolgó el teléfono y marcó su número. Ya sería él quien llorase en su lugar.


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