Interrogante

“No vayas al jardín florido, no vayas, ¡oh, amigo!

En ti están el jardín y sus flores.

Inclínate sobre el loto de los mil pétalos y contempla allí la Infinita Belleza”. (Saint Kabir)

Cualquier respuesta es un error. Tan sólo una aproximación. Quiere saber. Pregunta. Sabe que las mejores son las que llevan a otra. Una cadena que nunca acaba y se puede romper creyendo lo que dice el primero que levanta la mano con ganas de inventar el mundo.

Pero lo que aún no sabe es que eso sólo se encuentra cuando se busca dentro. En las bodegas propias. En las que, una vez descubiertas, nos quedamos anclados buscando el sentido. Vida, muerte, amor, deseo, amistad.

Insiste en tender la mano buscando un guía. Rechazo una y otra vez porque sé que cualquier dirección es equivocada si no es decisión propia. Una mano pequeña, frágil, con un lápiz entre los dedos. Intocable.

– Para y piensa. Intuye y escribe. Escucha y calla. No creas sin más.

– Entonces, ¿no debo fiarme de ti?

– No. Si de alguien no debes fiarte es de mí. Crees que puedo darte algo que, sencillamente, no poseo.

Ya pasó. Y, más tarde, arropado por la decepción fue cuando tuve que echar un vistazo alrededor para comprobar que el mundo es futuro en soledad. Un interrogante constante. La pregunta perpetua que representa la juventud, que marca el camino (el de cada uno), que arrastramos mientras nos hacemos conscientes de nuestra vocación que no es otra que la de llegar a ser infinitos desde la certeza de nuestra condición temporal.

– Disfraza tu vida de interrogante.

– ¿A quién debo preguntar? ¿De quién puedo fiarme?

– A ti. De ti.

– Pero Gabriel, no sabré que decirme.

– Ya has empezado. Saber eso es lo fundamental.


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