Invenciones del escritor (1)

Algunos escritores afirman que se llegan a sentir como dioses cuando escriben. Pueden matar a sus personajes, enamorar a unos, envejecer a otros, hacer que digan lo que ellos desean, terminar con la existencia de todo ese microcosmos al añadir el punto final. Sin embargo, eso es cosa de mal escritor.
El poder que ejerce el escritor sobre sus personajes, sobre sus escenarios, incluso sobre la trama, es mucho menor de lo que parece. Es verdad que los personajes mueren cuando el escritor deja anotada la frase definitiva, pero porque no hay más remedio. Ya quisiera tener yo a algún personaje aún vivo para poder obligarle a hacer horas extras en otro relato. Si el escritor quiere hacer literatura no tendrá más remedio que dejar a los personajes evolucionar hasta donde el propio texto pida. Matar al villano, o salvar a la heroína por un capricho personal del autor, quizás condicionado por exigencias comerciales, convierten en una mala historieta todo lo escrito. Siempre pasa cuando la distancia entre narración y escritor se estrecha más de la cuenta.
El mismísimo Dios cristiano intentó convencer a todos de que fue él quien escribió la Biblia y casi nadie se lo creyó. Así que lo que digamos los pobres mortales no cuela. Y es que esto de escribir no es cosa de dioses. Me temo que es cosa de obreros que no pueden caerse desde el andamio. Sólo eso nos diferencia del resto. Sólo.


1 Respuesta en “Invenciones del escritor (1)”

  • Edda ha escrito:

    Siempre me sorprendo cuando os oigo decir que no tenéis poder sobre los personajes, que tienen vida própia y hacen lo que quieren en la trama de una novela. Que las ideas surgen gracias a las musas. Sí, claro, ¿y las mías?. Pensar así me parece infravalorar vuestro trabajo y el esfuerzo que hacen los que están aprendiendo. Ya, ya, ya sé, una cosa es la técnica y otra la imaginación. ¿Y el trabajo, la documentación, las horas en las que los personajes “no actúan” y no sabéis cómo seguir? Es posible que pienses que no sé de lo que estoy hablando. Quizá tengas razón, pero lo que cuentas en el texto de hoy me parece un cuento de hadas.
    Estoy de acuerdo con que no sois dioses, pero sí tenéis la varita mágica.