Inventor de brocha gorda

He dedicado los últimos cinco días a pintar. Paredes. Cansado, difícil. Aunque un trabajo muy agradecido. Ayer, al regresar a mi casa actual (la semana que viene será un recuerdo más) llegaron al portal, al mismo tiempo que yo, una madre y tres jovencitas que debían ser sus hijas. Lucía (yo) un impresionante aspecto de pintor de brocha gorda. Pintura desde la coronilla hasta las deportivas. Pulsaron el timbre del piso de mi vecina.
– ¿Quién es? (voz juguetona)
– Somos nosotras (contesta la más pequeña de las niñas)
– Ah, una ovejita. Pues enseña la patita. (voz muy juguetona, rostros colorados y risitas nerviosas de las cuatro damas).
Esperé pacientemente hasta que acabó la broma. He de confesar que estaba muy cansado y se me pasó por la cabeza ahogar con mis propias manos a cualquiera de ellas, pero superé el momento de crisis y conseguí sonreír dos o tres veces. Les cedí el turno para utilizar el ascensor.
Después de ducharme, comer algo ligero (tanto trabajo quita las ganas de todo), echar un vistazo en internet para escuchar algo de jazz y de fumar un par de cigarrillos, sonó el timbre. Era mi vecina acompañada de la jovencita que fue tachada de ovejita.
– Nos hemos quedado sin azúcar, me dijo (la vecina, claro, puesto que la niña me miraba con cara de asombro).
Busqué el azucarero y se lo entregué para que usara lo que fuera necesario.
– Gabriel, dice mi sobrina que eres el pintor que se han encontrado en el portal.
– Sí, lo he sido hasta hace veinte minutos.
– Qué gracia. Me dijeron que lo habían pasado fatal porque un currante; hasta las cejas de pintura, que debía venir a terminar la reforma de algún piso; ha escuchado todo el rollo de la ovejita.
– No se equivocaron. Hace veinte minutos eso era absolutamente cierto.
Tercer cigarro después de ser pintor de paredes. ¿Cuántas veces nos inventan? ¿Cuántas nos inventamos sin ser conscientes? ¿Qué ven los demás si nos miran? Sospecho que buena parte de los problemas que se generan entre los individuos tienen que ver con todo esto. Este año he cumplido cuarenta y tres años y me miro en el espejo para ver al mismo chaval de hace veinte. Si no abro un álbum de fotos y me topo con algún retrato de ese tiempo me niego a ver la realidad que se filtra por un tiempo que parece no haber pasado. A la vez me dibujan con un empleo diferente al real, con el carácter más agrio o más amable que el que es, con más o menos años, soltero, viudo, sin hijos, padre de dos niñas, bebedor, asesino en serie o jefe de pista del circo mundial. El de enfrente inventa hasta que conoce la verdad. Uno mismo niega el paso del tiempo, sus miserias o sus virtudes, esconde la vanidad hasta que se siente seguro o muestra una cara tan amable que no se la cree él mismo. Después, el conflicto inevitable.
Cuarto cigarro. Álbum de fotos sobre las rodillas. Cómo pasa el tiempo. En el retrato un chaval, hace hora y media pintor de brocha gorda, en el espejo después de la ducha otra vez un chaval. Ya veremos mañana qué es lo que toca. Cualquier cosa menos lo que debería.


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