Jugando un rato (2)

Hoy hace veinticinco años que los pelícanos atacaron el pequeño pueblo costero de Aparriñas. La noticia pasó, prácticamente, desapercibida. A pesar de los ciento cuatro muertos, los doce heridos (no hubo perdón en ningún caso y esos doce fueron los únicos que se encontraban cerca de la puerta de un sótano salvador), y las edificaciones arrasadas, nadie quiso mirar en aquella dirección. ¿Quién podía explicar semejante cosa? ¿Qué podía ser eso que convirtió a los pelícanos en misiles de corto alcance y afán suicida? (No podemos pasar por alto que murieron cerca de dos millares de aves al lanzarse en picado contra todo y todos).
El pueblo continúa deshabitado. Nadie quiere acercarse por allí. Ni siquiera los rateros que podrían hacer un buen negocio con lo que quedó sin dueño esparcido por calles y plazas.
De boca en boca se ha extendido una teoría que explica lo que pasó aquel día. Unos muchachos asaltaron varios nidos destrozándolos y rompiendo los huevos sin ton ni son. Pero parece poco verosímil que así fuese, puesto que, en Aparriñas, el más joven de sus habitantes había cumplido cincuenta y dos años. El mismo día que murió intentando arrancarse del estómago el pico de un pelícano enloquecido.
Un misterio sin resolver.

Cierra el períodico. Sonríe al otro. Ambos parecen seres humanos normales y corrientes. Pero no lo son. Satán y Dios toman una horchata tranquilamente frente al mar. Realizan la inspección ocular rutinaria después de cada movimiento en el tablero. Veinticinco años en la eternidad no representan nada. A ellos les da lo mismo ocho que ochenta. Mueven las fichas, se lían a cascar y se toman su horchata cuando les apetece.

– Satán, Satán, Satán. Con la que está cayendo ciento cuatro muertos es un grano de arena para estos pobrecitos. No les impresionan estas cosas. Si quieres montar un verdadero espectáculo haz que se lancen bombas atómicas o algo así. ¡Pelícanos! Hay que joderse. Qué cosas tienes.

– Sabes que moví sin pensar. Como siempre estás intentando liarme con tanta palabrería pasan estas cosas.

– Excusas. Bueno, me toca mover ¿no? A ver, voy a lanzar un rayo de esperanza. Ya está, así tienen en lo que creer.

– Qué tierno. Tiro y me voy a ver cómo van las cosas por el infierno. Tengo un llenazo de escándalo. ¿De acuerdo?

– Está bien. Adelante.

– Voy a desperdigar unos miles de curas pederastas. Por aquí, por aquí y allí. Ya está. Uy, el rayo de esperanza se apagó. Una pena.

– Eres incorregible. ¿Tienes para mucho? ¿Te parece que nos tomemos algo en un rato?

– No, es poca cosa. ¿Nos vemos en seiscientos años? Venga, hasta luego.


2 Respuestas en “Jugando un rato (2)”

  • Anita Noire ha escrito:

    Satán. Envíamelo que le corto el pelo previo colocado de mascarilla.

  • Edda ha escrito:

    Por lo que parece, uno juega al ajedrez y otro a la oca. Así no me extraña que uno se aburra y el otro tenga mucho trabajo.
    Espera que estos dos descubran internet. Ya verás ya.