La brevedad de quince años

Para mi amada S.

Antes de subir, apagó todas las luces de la casa. Ella esperaba en la terraza. Fumaba mientras tarareaba algo que mezclaba algunas frases de canciones diferentes, pero que hablaban de la misma cosa.
– ¿Qué es lo que piensas? preguntó intentando dibujar el contorno de las casas que se mezclaba con el negro de un horizonte desaparecido.
– A ti, te pienso a ti. Han pasado quince años y aún no sé quien eres.
Sonrió al escuchar lo que decía, sin mirarla porque sabía que ella hacía lo mismo.
– Quince años pueden ser tan cortos como la propia vida. O ser la vida entera. Tú decides.
– Me quedo con lo segundo. Creo que antes no hubo nada, dijo apagando el cigarro en el cenicero metálico.
– Te equivocas. El mundo siempre fue una copia exacta de este que hemos inventado. La única diferencia es que tú estás aquí.
– Y tú, dijo mientras levantaba la mano para que no dijera nada. Parece que está llorando el pequeño. He creído escuchar algo.
– Lo olvidaba. Ellos también están. Inventando su propio mundo en el que no pintaremos nada ¿Te apetece bailar?
– No hay música y me acaba de caer una gota.
– Imagina, dijo agarrando su mano izquierda, tirando de ella suavemente.
Bailaban despacio, con la tranquilidad de los amantes.
Ella separó la cabeza del hombre para poder mirarle. Habló apenas sin mover los labios.
– Han pasado quince años y aquí seguimos. A pesar de todo aquí estamos bailando bajo la lluvia un bolero que no existe.
– Nos estamos empapando.
– Bailamos una más y nos vamos, contestó apoyando de nuevo la frente sobre él. Pero ahora dime ¿quién eres?
Pasaron unos segundos hasta que contestó. Ella escuchaba sin decir una sola palabra. Cuando terminó fue hasta la puerta y, sin mirarle, hizo un gesto con dos dedos de la mano para que le siguiera.


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