La cacería perpetua

¿Hasta qué punto estamos obligados con respecto a otros? ¿Cuánto pueden reclamar nuestra atención o nuestro interés? ¿Estar, más o menos, presente en las cosas que les suceden a otros nos hace mejores de lo que somos? ¿Es obligatorio que nos interesen los asuntos de los demás? ¿Es bueno fingir cierta felicidad cuando, en realidad, lo que está pasando nos importa poco o nada? ¿Hasta dónde llega la obligación de ser como quieren los otros?
Hace muchos años, decidí ser tal y como las circunstancias me obligaban; no fingir salvo que fuera estrictamente necesario (por ejemplo, el que estuviera delante se tiraría por la ventana salvo que le riera la parida que estaba diciendo), ocupar mi espacio sin poner un pie en el de otros (incluso soportando presiones que exigieran la invasión mutua). Decidí hacer una serie de cosas que me permitirían ser más yo. Sabía entonces, tengo la certeza hoy, que eso era algo imposible. Sabía entonces y tengo la certeza ahora de que si renunciaba a eso renunciaba a todo.
Me han tachado (por ello) de egoista, de estar más loco que una chota, de interpretar un papel dañino para otros, de ser maleducado y de cosas así. Aunque, a decir verdad, también me han acusado de todo lo contrario. Es decir, siempre me he sentido algo así como perseguido, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera. De lo único de lo que no me han acusado (al menos nadie me ha dicho ni pío) es de ser un paranoico. Curioso.
Todos necesitamos un espacio vital; todos tenemos que sentirnos libres aunque sea un sentimiento equivocado; todos necesitamos creer en nosotros, en que llegaremos a rozar lo soñado tantas veces. Todos, sin excepción.
Y para sentirnos libres, muchas veces, tenemos que escapar. De lo que sea. Y para querer regresar hay que intuir que nadie te va a encerrar en una jaula. No pasa nada por huir o por dejar que crean conseguirlo. Algo tan simple nos proporcionaría una vida mucho más cómoda que la que nos toca vivir.
Por otra parte, no estaría mal dejar de intentar parecer lo que no somos ni buscar imposibles en los demás. En lugar de presas codiciadas pareceríamos algo que nadie quiere por simplonas. Se acabarían las cacerías absurdas. Qué cómodo y qué bonito. sería un descanso colosal para cazadores coñazos y presas asustadas. Prueben, prueben. Dejen de dar la paliza cuando no toca. Debe ser impresionante. Prometo hacer lo mismo.


1 Respuesta en “La cacería perpetua”

  • Edda ha escrito:

    Ah, ¿pero tú sabes dar la paliza? Increíble, jaja.
    Es lo bueno que tiene el anonimato, el pasar desapercibido, el andar por la vida de puntillas, sin meter ruido. Lo malo, que te tachan de raro, más que un perro verde.