La edad adulta

Te levantas siendo inmortal. Miras. Todo en orden. La vida sigue donde estaba. Intacta. La conoces de memoria. Ya sabes lo que pasó. Incluso lo que está por llegar. Algunas cosas no pueden rozarte. Otras tendrán que llegar antes o después. Están anotadas en la hoja de ruta. Nada puede fallar.
Te levantas manteniendo la posición sin problemas. Eres una figura de granito que se ancla al centro de la tierra, al destino que dibujaste hace años.
Pero te levantas y comienzas a caer. El piso no está. Nada queda. Alguien o algo ha destruido tu alrededor. Caes sin remedio. Apenas hay tiempo para asimilar, apenas hay tiempo para pensar sobre lo que sucede, sobre lo que hay que reparar. Es cuando miras (esta vez sí te fijas) para comprobar que millones de personas caen contigo. Todos intentando agarrarse a las paredes que no existen. Nada se puede hacer.
Con el paso del tiempo, relajas los músculos. Uno a uno, poco a poco. Las ideas dejan de revolotear para arropar tranquilas el pensamiento. Eliges una o dos. Absurdas, insignificantes. Pero suficientes. Bajo los pies aparecen pequeños fragmentos que tienden a unirse. La velocidad se reduce. Las preguntas llegan con la solución pegada. Descubres que eres adulto. Cada paso hace que el nuevo piso se resquebraje. Frágil. Todo lo es. El resto es irreconocible. Bajas la vista para no tropezar, para no poder imaginar nada estéril. Que sea lo que tenga que ser. Eres adulto. Un adulto que aprende a caminar con prudencia.


1 Respuesta en “La edad adulta”

  • Edda ha escrito:

    Nunca dejas de aprender a caminar, porque en el camino siempre habrá algún escalón que te sorprenda. Este te hará caer, tal vez solo una vez, quizás más. Pero aprendes. Hasta que eres capaz de subirlos de dos en dos.