La esencia perdida

Es tal el miedo que han logrado meternos en el cuerpo que estamos olvidando lo fundamental. Es algo tan sencillo de comprobar que da vértigo pensar en ello. Ya no recordamos ni lo que somos ni lo que pintamos en este mundo. Y eso significa que hemos perdido nuestra dignidad (nadie sabe en qué curva del camino).

Aterrorizados miramos el televisor, un periódico, escuchamos la radio. Todo es economía.

El planeta, que no hace mucho era la preocupación fundamental y alarmante ha desaparecido de los medios (¿se acuerdan del calentamiento global?). El hambre en los países más pobres sigue siendo atroz, pero nadie dice ni pío sobre ello (eso sí que es una crisis y, también, provocada por los mismos). Hoy hay un buen número de países en guerra que no sabríamos señalar en el mapa aunque, por lo visto, es un problema inexistente. Cualquier cosa que no sea la prima de riesgo, acciones, participaciones preferentes, recortes presupuestarios o cotilleos vergonzosos sobre famosos, es invisible. No cuenta para nadie ni para nada.

El miedo, eso que nos quieren enseñar como estado perpetuo de ánimo, nos coloca en el peor de los escenarios; en la jaula del yo. Así nos querían y así nos tienen. Mientras, la condición humana se reduce a miserias y más miserias. El hombre actual es un puñado de miserias. Lo grande del ser humano se diluye sin que nadie se pregunte donde está, por qué lo hemos extraviado, dónde vamos a llegar en nuestra denigración.

Damas y caballeros, el mundo se viene abajo. Tal y como lo conocemos tiende a desaparecer. Siempre se apoyó sobre los hombros de hombres y mujeres. Fallando nosotros no hay nada que hacer. Y no me refiero a los sistemas económicos. No, que va, eso ya lo hemos superado en diversas ocasiones y, en alguna ocasión, reforzando nuestro papel en el universo. Hablo de la persona humana, de un ser humano limitado y vacío. ¿Dónde quedó ese hombre lleno de valores íntegros? ¿Dónde está la mujer solidaria? ¿En qué lugar perdimos nuestras inquietudes que sobrepasaban lo material? El mundo, tal y como lo conocemos, se descompone.

De un tiempo a esta parte, el gran reto de la humanidad parece ser, estrictamente, económico. Salir de la crisis se ha convertido (así nos lo dicen y así nos lo creemos) en ajustar cuentas inmensas que nadie sabe lo que significan. Pero es sorprendente que nadie se fije en el origen del problema. Esto es, una falta de valores muy preocupante. A ver si nos enteramos de que el problema no es un debe y un haber. El problema es lo que hacen las personas. La honestidad, la decencia, la solidaridad, la preocupación por el medio ambiente, las bases éticas y morales o (forzando algo la máquina) la religión, son cosas que han dejado de tener importancia. Sin embargo, si alguien crece pensando que la codicia es una forma de vida como otra cualquiera, si alguien vive alejado de la decencia o piensa que lo único importante es el dinero, difícilmente, podrá construir algo que sea útil para el ser humano.

Tal vez sea vital salvar el sistema financiero que ordena lo material de esta civilización. Sólo tal vez. Lo que es seguro es que debemos recuperar la esencia de lo que somos. Sin eso no hay futuro posible.

No hay que ser muy listo para saber que estamos en manos de los sistemas de comunicación. Cuando millones de personas se pasan tres o cuatro horas frente a un televisor tragándose lo que les dicen, dando por buena la opinión del primero que se sienta frente a la cámara, el asunto se pone feo y tiene mala, muy mala solución. Lo mismo pasa con la prensa. Es, por lo menos, curioso leer el enfoque de una misma noticia en un periódico o en otro. Es bochornoso comprobar que algunos de esos periódicos son tendenciosos y buscan la destrucción de esto o aquello como si fuera su función en la sociedad.

El poder, de cualquier tipo, intenta colocar a las personas en un lugar concreto. Y nunca en un lugar en el que el individuo salga ganando algo. Por supuesto, busca el beneficio propio o el de quién le paga. En el caso de los medios de comunicación esto, también, es así. Hace mucho tiempo que la independencia brilla por su ausencia en muchos de ellos. Y lo peor de todo es que casi nadie está dispuesto a asumir que es manipulado. Todos nos creemos inmunes a su fuerza. Aunque demos por bueno que esto es así en sectores muy concretos de población (lo dudo y mucho), hay millones de ancianos que se amedrentan con escuchar algo que tenga que ver con su pensión, millones de jóvenes que no tienen un criterio claro y lo forman a base de mentiras y muchos ignorantes. Sí, muchos ignorantes. Ya sé que esto es duro de leer, pero creo que es algo cierto. Son miles los que no saben a lo que se enfrentan y agarran banderas como si eso fuera un juego sin importancia. Cuando hablo de esto siempre hago referencia a un caso que conozco bien. Cuando llega el momento de votar y acudo a mi colegio electoral, me encuentro con una chica y un chico que hacen las labores de apoderados de un partido político (uno de los grandes en España). Lo desconcertante es que ellos acuden a diario a un centro de día para personas con discapacidad intelectual. Son alumnos. Me pregunto si son capaces de saber lo que hacen y lo que defienden. Y, por supuesto, me parece insultante e indignante que alguien utilice a esos muchachos para algo así.

Aquí ya vale todo porque estamos desapareciendo, estamos reduciendo nuestra existencia a consumir, a participar de sistemas corruptos, a intentar salvar los muebles (los propios, claro, porque los de los demás nos importan muy poco o nada).

Creo yo que el miedo es tan fuerte que nos impide vivir. Tememos vivir, nos horroriza pensar en un futuro que casi no existe, no sabemos qué tenemos que hacer. No pensamos ni atendemos a los que piensan y cuando lo intentamos nos destrozan con una cantidad de información imposible de ordenar, con un apocalipsis seguro en forma de desastre económico.

Si no recuperamos nuestra esencia, si no somos capaces de encontrarnos a nosotros mismos esto puede ser un desastre sin precedentes. Y para ello es necesario que cambiemos el discurso, que no entremos en un juego que ya es cosa normal: el juego del miedo.

Tal vez ha llegado el momento de planteamientos mucho más profundos sin que sean dictados por los poderes establecidos. Tal vez ha llegado el momento de empezar a decir que esta democracia es un nido de sinvergüenzas y de corruptos y que no sirve para poder vivir con decencia. Tal vez ha llegado el momento de perder las formas para decir a los pensadores de pacotilla que eso de que todo es relativo es una memez porque la verdad existe y es la que es. Si no tenemos una verdad a la que agarrarnos nos hundiremos sin remedio. Y eso de que el sistema financiero es lo primero no es una de ellas. Nos han arrancado las bases ideológicas y ya es hora de que alguien comience a ponerlas en su sitio (otra vez). Y, por supuesto, esto no puede ser cosa de los cuatro snobs que han leído un par de libros sobre liberalismo económico y se creen dioses; ni de los cuatro tontainas que van de intelectuales porque se toman una copa con un editor y se creen muy listos cuando son más tontos que pichote.

Esto, señores, es cosa de todos. De jóvenes, de ancianos, de intelectuales, de militares, incluso de ignorantes. Esto es cosa de personas íntegras. Si es que queda alguna que se ponga a funcionar con urgencia. La cosa es mucho peor que la prima de riesgo y la nacionalización de un banco o de media docena. Nos jugamos ser personas o peleles. Y, de momento nos ganan por goleada.


1 Respuesta en “La esencia perdida”