La espera

El tiempo cura las heridas. Todas. Si pasa y no es así es que estás muerto. A medida que los segundos se acumulan sobre la palma de la mano, cuando ya no sabes qué hacer con las sobras de ti mismo, te sorprende haber aprendido a sentarte junto a una muerte amarga que se llevo lo que más querías. La misma que te dejó un regusto añejo entre los dientes es compañera de viaje, para siempre. Te miras las cicatrices que dibujan extrañas formas de un color nervioso. Nadie más que tú sabe sostener ese peso de una línea ancha y deforme que te pertenece, señal perpetua de las horas gastadas saboreando el zarpazo. Caminar junto a la muerte, soñar, reír, cualquier cosa que hagas. Y el tiempo frotando la espalda dañada. Y la muerte en la alacena arañando el vidrio frágil, esperando a caminar delante de ti para que llegue el momento del descanso. Y se funden. El tiempo restando, la otra apartando el velo opaco.


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