La eternidad imaginada

Escuchar una grabación de nuestra propia voz suele causar extrañeza. No reconocemos como nuestro lo que oímos. Si nos vemos en una pantalla de televisión nos parece que ese día estábamos especialmente feos, gordos o despeinados. Hay fotografías que compraríamos a cualquier precio para que nadie del mundo las pudiera ver, fotografías en las que aparecemos con los ojos cerrados o con un gesto que nos avergüenza. Cualquier cosa que tenga que ver con nosotros y se filtre a través de un aparato de vídeo, de un objetivo o de un micrófono, nos parece una traición a nuestra belleza, a nuestro maravilloso tono de voz. Es lo de menos si eso es real o pura imaginación. Siempre ocurre porque nadie atiende a sus defectos y sí a los rasgos que tiene por maravillosos. No conozco a nadie que se vea en una fotografía antigua y no diga algo sobre las pintas que se llevaban por aquel entonces o sufra un pequeño ataque de risa nerviosa.Envejecemos y esas cosas no hacen más que agravar el problema. En realidad, no nos sorprende que vistiéramos así, ni la cara de panoli que tuvimos con dieciocho años. No, lo que nos sorprende es lo mayores que nos hemos hecho, la cantidad de cosas que nos han pasado en diez o quince años, la gente que ha desfilado por delante de nosotros y de la que apenas recordamos el nombre, lo cómoda que era la vida en ese momento y lo complicada que es ahora. Hemos aprendido a guardar rencor, a querer venganza, a preocuparnos por la cuenta bancaria; ahora sabemos lo que significa que la vida se reduzca a la mínima expresión cuando aparecen los hijos, cuando los padres se hacen mayores o se mueren. Eso lo vemos en cada fotografía antigua, en cada imagen de una película que rodó no sé quién el día que celebramos el bautizo de un sobrino que se casa la próxima semana. Nos hacemos viejos y nos duele recordar que fuimos unos jovencitos que no tenían otra preocupación distinta a estudiar y salir los fines de semana.Hoy, después de comer, me he tumbado en la cama de Guillermo para que Guzmán, su compañero de habitación, no se quejara y durmiera una siesta en la suya. No me apetecía leer y he llevado conmigo mi vieja carpeta azul, la que uso para acumular viejos escritos de los que me da pena deshacerme. Lo hago alguna que otra vez. Junto a uno de mis poemas (espantoso, muy, muy malo) copié un verso de André Breton. La eternidad busca un reloj de pulsera. Esa era la idea que intentaba desarrollar, con escaso éxito, en mi intento de poema. Breton lo sabía. Quisiéramos ser eternos aunque sin soltar lo que nos da vida. El tiempo. Un tiempo que se agota para todos, que nos obliga a mirar las fotos antiguas con la carga de la experiencia sobre los hombros. Lo pasado no nos representa, siempre desdibuja lo que realmente somos. Eso pensamos. Nos sujetamos en un futuro siempre inventado que nos hace sentir eternos al convertirnos en ese reloj de pulsera en el que se manejan los instantes a nuestro gusto. Es casi pueril aunque nos permite vivir algo más tranquilos. Nos hacemos viejos intentando hacer fintas imposibles al destino, intentando burlar a una muerte segura. Por eso escribimos, pintamos, hacemos música, tenemos hijos, no los tenemos, caminamos tres kilómetros diarios, nos levantamos tarde, madrugamos, comemos muchos hidratos de carbono, nos matriculamos en un gimnasio cada mes de septiembre, evitamos las grasas o pasamos unos días en un balneario. Eso y mirar las imágenes antiguas convenciéndonos de que ahora estamos mucho más guapos, más sanos y más cuerdos. La eternidad, la de cada cual, busca un reloj de pulsera. Aunque sea de imitación. Eso da igual.


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