La galleta mojada

Leer mientras tomas un café y mojas galletas en él es una actividad de alto riesgo. Lo más probable es que un trozo de galleta (blanda, húmeda y pastosa) caiga sobre esa página preferida o en la que se termina aclarando la trama. Eso o que dejemos la taza sobre un papel importante para poder agarrar el teléfono antes de que cuelguen en el otro extremo.
En realidad, siempre tenemos una galleta en la mano a punto de joderte la vida, siempre estamos obligados a un gesto que te busca la ruina.
Hoy, alguien me ha preguntado algo en la calle. En principio no era nada comprometido. Pero la galleta estaba excesivamente húmeda y se ha caído. He pronunciado unas palabras que parecen mágicas. No me interesa nada de lo que me estás diciendo. Eso es exactamente lo que he dicho. Hacía mucho tiempo que alguien no me miraba con tanto odio. Ha dejado su taza sobre la página equivocada. Más que nada porque es verdad que no me interesa lo más mínimo eso que decía. Han sido treinta segundos. Suficiente para que todo salte por los aires. Harían falta treinta años para solucionar el asunto, para olvidar lo que ha pasado. Las cosas son así de extrañas.
Estamos acostumbrados a valorar las cosas aparatosas como si fueran las únicas, las más importantes por su tamaño. Sin embargo, el mundo se mueve gracias a lo insignificante. Una frase, un beso, el roce de alguien al pasar por tu espalda, pulsar la tecla de llamada en el teléfono cuando sabes que no debes hacerlo. Somos muy pequeños y lo diminuto sirve de motor. Poner la mano debajo de la galleta para que no manche esa página es otro gesto sencillo. Otra pequeñez que podría evitar un conflicto. O retirarla para que el pegote de harina caiga sin remedio en ese papel en el que se escribe el presente y buena parte del futuro. Ya digo que las cosas son extrañas. Tanto que lo mismo sirve para lo contrario.


1 Respuesta en “La galleta mojada”

  • Edda ha escrito:

    Qué sería la vida sin galletas mojadas. Esa mancha que emborrona nos obliga a reescribir el presente. Tal vez de esa manera recapacitamos y nos damos cuenta del error que habíamos pasado por alto. Cosas extrañas sí. Pero siempre sirven.