La gran diferencia

Fuimos cuatro hermanos. Quedamos tres. Y supongo que nos queremos como lo que somos. Hermanos. Sin embargo, he creído tener, a lo largo de mi vida, veinte o treinta amigos. Me quedan muchos menos. Y supongo que nos queremos como lo que somos. Amigos. Pero la gran diferencia no es el tipo de amor que se siente por unos o por otros. Lo que distingue a unos y a otros es la forma en que desaparecen de tu vida. Un hermano se tiene que morir para dejar de serlo. Y el querer no se acaba nunca. Al contrario, va a más. Un amigo puede desaparecer por cualquier cosa pequeña, por una discusión estúpida, por una deuda que uno de los dos olvida, por lo que sea. Y querer se va con él. Esa es la gran diferencia. A un hermano se le quiere antes de nacer. A un amigo, como mucho, se le echa de menos durante un tiempo.

Hoy, me he encontrado con uno de esos viejos amigos que dejaron de serlo por algo que no puedo recordar. Sé que, mientras estuvo en la cárcel, le visité cada sábado. Fue hace muchos años. Creo que estuvo ingresado en Ciudad Real. Recuerdo aquel edificio viejo, triste, opresivo. Le llevaba un cartón de tabaco y algo de dinero (lo poco que me daban a mí mis padres). Pasaron cuatro años. Al salir, aún no sé muy bien por qué, dejó de hablarme. No entendí nada y no pregunté nunca qué era lo que pasaba. Eso me encontré en el camino. Me resigné y poco más.

Hoy nos hemos encontrado. Un abrazo. Suyo. Yo ni he intentado el gesto. Me ha preguntado por mis cosas. Monosílabos. No salía otra cosa. Pero no por rencor ni nada parecido. Sencillamente, me he cruzado con un extraño parlanchín, con la dentadura destrozada (me temo que se mete lo que haga falta por las venas); alguien que me recordaba, ligeramente, a un muchacho que metió la pata hasta el fondo y al que quise mucho. Alguna vez dije que era como mi hermano. Las cosas que uno piensa cuando es joven.

Nos hemos despedido. Creo que me ha dicho algo de un préstamo. Ni he mirado atrás.

Si mi hermano me llamase desde Singapur para que le llevase algo urgente, algo de lo que dependiera su bienestar, no me lo pensaría ni un minuto. Hasta que un hermano no muere nada cambia. Muchos amigos se murieron hace muchos años. Quizás ni existieron.


1 Respuesta en “La gran diferencia”

  • Edda ha escrito:

    No hay como la tragedia para irnos a los extremos, Gabriel. Cierto que muchos amigos se van quedando por el camino, aunque no se mueran. Pero la amistad, la verdadera, es tan grande como los lazos de sangre. En esos casos, sólo en esos, me atrevo a decir que la diferencia no es tan grande. También es cierto que amigos, de los de verdad, hay muy pocos. A veces ninguno.