La hoja en blanco

No hay explicación. Al menos yo nunca la he encontrado. Un buen día te levantas y ese asunto que tienes pendiente y te está destrozando la vida se convierte en prioritario. No has querido hacer mucho caso, no lo has enfrentado y hoy, precisamente hoy y no otro día, decides que ha llegado el momento. Con toda la tranquilidad del mundo comienzas la tarea que tantas veces demoraste, miras con atención sabiendo lo que hay que hacer, llamas a fulano para que te consiga algo que facilitará el proceso, sabes que estás solo ante toda esa mierda aunque es lo que toca y, por fin, lo asumes. Ese día se convierte en el eje de tu futuro, todo cuelga de él. Curiosamente se caen al vacío cosas a las que te agarrabas y que, simplemente, nunca estuvieron y eran imaginaciones. Caen mientras miras pensando en lo imbécil que fuiste intentando convertir todo eso en forma de vida cuando lo que construías era una mentira que ahora aterra por inútil.
Pasar de ser figurante en el escenario a ser protagonista depende, en buena parte de las ocasiones, de uno mismo. Interpretar una comedia o un dramón en el que no queda títere con cabeza, lo mismo. Es verdad que nacemos con el borrador de un boceto pegado a la piel, pero queda por escribir buena parte de él. Y es en días como al que me refiero cuando debemos pensar en lo que queremos decir, en cómo queremos hacerlo y dónde nos llevará ese texto voluntario casi siempre.
Me he encontrado a los pies de la cama una hoja en blanco. Esa que siempre está por escribir aunque decidimos olvidar cuando salimos de casa pensando que se escribe sola y que nosotros no tenemos posibilidad de rellenar. Acabo de terminar con ella. Y comienzo a subir por la cuerda áspera que alguien me tiende desde arriba.


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