La línea verde

La pequeña Gimena está pasando una mala racha llena de catarros fortísimos, dientes que llegan, conjuntivitis y alguna cosa más desconocida o sin nombre. La niña duerme mientras escribo. La respiración alterada, intranquilas las manos, algún quejido. Me levanto cada poco para mirar. Los padres creemos que nuestra presencia, una mirada o un gesto protegen a los niños. Cosas de padres sólo entendidas por los que lo son.

La abuela me ha pedido un libro. Los devora. “Rojo y negro” le puede gustar. Se queja de lo que pesa y le busco una edición de bolsillo mucho más cómoda. Se sienta en su sillón, siempre discreta, mirando por encima de las gafas si hago el menor movimiento. Quiere ayudar en lo posible.

El sol se esconde brillando con fuerza. Desdibuja los edificios, los ennegrece para que aparezca lo más cercano con la claridad del atardecer. Anaranjado, cae lentamente.

Suena un magnifico tema de Lou Rawls y Dianne Reeves. Hacía mucho tiempo que no lo escuchaba. Gracias a una de esas recopilaciones que caen en tus manos sin saber bien la razón disfruto de nuevo con él. At Last. Apoyo los codos en la mesa y la frente en la palma de las manos. Pienso en los que han desaparecido sin dejar rastro. La música continua sonando. Construyo un silencio embustero durante unos instantes. Sin rastro, sin motivo alguno que conozca. Sin rastro. Sin rastro

Cojo la pluma y trazo una línea sobre el papel. Todo lo recto que puedo. Les imagino a un lado. Yo al otro. Procuro descifrar. ¿Cuándo cruzaron la línea? ¿Cuándo fui yo el que di el paso? Es frágil, estrecha, débil de extremo a extremo. Malos entendidos, aburrimiento, envidias, una llamada a destiempo, la falta de esa llamada el momento adecuado. Se levanta enclenque desde el papel. No es más que un pequeño obstáculo. La aparición de un tercero que empuja levemente y te lleva un centímetro más allá, ocupaciones que dejan tiempo para dormir y poco más, un gesto que no gusta y convierte todo lo demás en algo bien distinto. Un día sucede. Se acabó. Aunque lo doloroso es no saberlo, vivir acomodado en la ignorancia. Poco después no sabes cómo solucionar las cosas.

No debería ser así. La amistad no se mueve detrás del dinero, ni pesa lo mismo que un gesto insignificante. No puede desaparecer sin dejar rastro. Nunca llega de pronto. Nunca se aleja tras la línea por una frase o una mirada. Otras cosas sí, la amistad no. Esa no.

Quizás lo buenos amigos, los que saben eso, se pasan la vida yendo y viniendo para echar un vistazo. Sólo lo entienden los que lo son. Un buen amigo cree que sus gestos o sus miradas, su presencia, tienen algo que protege al otro. Y siendo así nadie cruza esa línea dibujada con tanto despropósito.

Nuca sabré qué ha sido de ellos. Quizás algún día deje de interesarme. No lo sé. De momento me conformo con encontrar a este lado a los que siempre han estado, a los que nunca podría fallar, a los que han aguantado mis errores sin mover una ceja.

Gimena parece más tranquila. La abuela duerme con el libro apoyado en el pecho. Abro la ventana para fumar. Entra un aire fresco que no molesta. La música no suena.


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