La manada del siglo XXI

Ese chico está acabado. Lo escuché cientos de veces mientras miraba el ring o en los gimnasios a los que acudía para saludar a viejos amigos de mi padre.Escuchaba sabiendo lo que significaba. Nadie apoyaría a ese boxeador nunca más para que pudiera enmendar la situación, lo mejor que podía hacer era buscar un trabajo decente si no quería acabar como matón en la puerta de una sala de fiestas, guardando la espalda de un mafioso de pacotilla o muerto en la habitación de un hotel barato con una jeringuilla colgada del brazo.Estar acabado significa que vas a recibir paliza tras paliza porque nadie te buscará un combate en el que tengas una mínima opción de ganar. Es lo mismo que convertirse en un saco de entrenamiento para los que todavía son vistos como rentables por agentes y promotores. Con algo de suerte puede que pierdas “a los puntos” y no salgas del cuadrilátero en camilla, pero nada más. Pelea tras pelea, te pongas como te pongas. El boxeo no es cosa de película, lo del cine (y menos lo de la película de Stallone) tiene poco que ver con la realidad. Si no sales pitando y buscas un entorno más amable, estás perdido. Pensar otra cosa distinta es engañarse y jugarse la vida delante de tipos que arrancarían la cabeza a cualquiera con tal de conseguir un título mundial.Recuerdo que, siendo un chaval, paseaba con mi padre por la calle montera y nos encontramos con un púgil conocido desde tiempo atrás. Una de esas eternas promesas del boxeo. Había causado cierto alboroto por su forma de utilizar la izquierda. Pero todo se quedó en un espejismo. Aún tengo acero en las manos. Id a verme el sábado. Ese lila no va a boxear más de dos asaltos teniéndome enfrente. Y fuimos a ver aquella velada. Acertó. No hubo segundo asalto. A los treinta segundos le habían abierto la ceja derecha y no sabía ni cómo se llamaba. Peleó con un bestia que sacudía leña hasta con los dientes. Bien entrenado por un manager de primera categoría, bien comido y bien dormido. Ese día nuestro viejo amigo se enteró de que no era broma, de que estaba acabado por completo para el boxeo.Cosa habitual, nada que no ocurra a diario en cualquier parte.Las oficinas están hasta los topes de personas acabadas (lo llamamos desigualdad entre hombres y mujeres en el trabajo, mobbing o depresión a causa de tener que trabajar); los colegios rebosan de alumnos acabados (esto es el llamado fracaso escolar); los bancos de las iglesias sostienen a un ejército de acabados (allí los llaman pecadores, aquí acomodados), y el mundo de la literatura se construye por un puñado de acabados sin solución (son los autores). La diferencia entre todos estos y los boxeadores es que unos se suben a la lona para pelear porque es su trabajo, los otros se quedan cada día con las ganas de dar una mano de leches al jefe, al profesor de matemáticas, al cura que les recuerda los mezquinos que son cuando él es el peor de todos o al lector que no entiende nada. Todos nos sabemos acabados, tarde o temprano, o nos “acaban” los otros. Eso es lo que nos hace intentar mantener el mundo como está (medio cómodo) aunque es el mundo el que se nutre de personitas acabadas, bebe y come acabados con decisión. Necesita afianzarse antes de cambiar. El mundo cambia por su cuenta y cuando quiere. No es posible que una banda (eso es lo que parecemos) intente hacer otra cosa de él.Durante un combate de boxeo se pueden escuchar cosas durísimas, desde el sarcasmo, desde una sinceridad hiriente e insultante. Lo mismo que en cualquier cafetería. Eso mismo disfrazado de ironía barata nos lo dicen tomando una tostada y nos parece de lo más normal. Y es que evitamos recordarnos que hemos fracasado, no queremos ni oír hablar de un cuadrilátero, queremos parecer gente corriente cuando lo que somos es una manada de animales heridos. Acabados y enfurecidos. Queremos hacer creer que aquí no pasa nada. Y claro que pasa algo. Aunque no sea nuestra intención mencionarlo. Pasa que el mundo está patas arriba, que millones de personas acabadas se mueren de hambre para que unos pocos podamos seguir pensando que somos felices, pasa que es una vergüenza que nos defendamos a cañonazos de un ejército de moribundos que lo único que piden es un hueco en el que poder sobrevivir. Pasa que el ser humano está muy lejos de lo que debería ser. Y, encima, se siente orgulloso por ello. Pasa que estamos viviendo la decadencia de una civilización y escondemos la cabeza debajo de una cuenta bancaria que nos hace creer que la felicidad existe.Ser gente corriente, intentar parecerlo, es lo que acaba con el hombre. O subimos al ring, aún sabiendo que ya poco podemos hacer, y nos dejamos de idioteces, o la cosa se va a poner fea. Pero fea de verdad.


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