La máquina de medir vidas

Dice una tal Cospedal que la anterior Ley del Aborto (la que estaba vigente durante el mandato de José María Aznar) respetaba y defendía la vida. Muy bien. Supongo que esta señora tiene un medidor de vida, una especie de aparato que dice (sin posible equivocación) sí hay vida o no, en qué circunstancias se da y cómo defenderla.
Si la ley anterior permitía abortar y defendía la vida, la que está en vigor hoy será igual ¿no? ¿O es que la vida aparece a partir de una semana concreta de gestación que la tal Cospedal conoce y no nos la quiere decir? ¿Qué hace pensar a esta señora que diez minuto después de la fecundación no hay vida? Eso parece decir cuando afirma lo que afirma. ¿No hay vida hasta, por ejemplo, la tercera semana (ella lo sabrá, supongo) porque no hay consciencia en el feto o no hay vida porque le sale a unos cuantos de los huevos? Entonces ¿un individuo en estado vegetal está muerto y podemos aplicar la eutanasia activa sin problemas morales? La tal Cospedal debería hacer pública su sabiduría para solventar este asunto por siempre jamás. Qué gran favor haría a la humanidad. Aunque, tal vez, esto que dice no es más que palabrería barata (esa que manejan los políticos pensando que el que escucha es un gilipollas y no se entera de nada), tal vez lo que le pasa a esta mujer es que juega con una doble moral patética, insultante y muy peligrosa. ¿No será que ella quiere aliviar algo tan patente como que lo que tratan de demonizar estuvo conviviendo con su gobierno durante mucho tiempo y les proporcionó un buen número de votos? ¿No será que hay que dejar las puertas abiertas para que si les toca vivir un drama como lo es abortar aquí no pase nada? Esto que dice la tal Cospedal es algo parecido a chicas, tranquilas, las que abortan son las progres estas de mierda que son unas asesinas y no tienen corazón. Nosotras, nuestras hijas, defendemos la vida, aunque abortemos seguiremos siendo inmaculadas. Tengo un medidor de vida y dice que estamos siendo guays.
Suelo manifestar con muy poca frecuencia mis posturas ideológicas o mi forma de entender algunos problemas concretos. Pero, a veces, siento la necesidad vital de hacerlo. Reconozco que me ponen enfermo algunas de las cosas que dicen estos políticos de medio pelo que tratan de gobernar o hacer oposición en España. Reconozco que echo las muelas cuando alguien se manifiesta en contra del aborto y, a los diez minutos, pide la pena de muerte para un terrorista (de acuerdo, un mamonazo deleznable, pero ¿esos tampoco tienen vida suficiente como para considerar su muerte como algo sin importancia?).
Abortar es una tragedia para la mujer. Se pongan como se pongan los políticos, los curas, los de derechas, los de izquierdas o los porteros de salas de fiestas. Lo es. Y, del mismo modo que la tal Cospedal quiere defender el derecho a la vida, las mujeres que se ven obligadas a abortar defienden ese derecho. De eso estoy seguro. Nadie está a favor del aborto. Todos estamos en contra. Pero es un problema que tenemos que solucionar de la mejor forma posible.
Mi padre murió en un hospital. Cáncer. Y no me hubiera importado que le hubieran metido un chute extraordinario de morfina un par de días antes de morir. Estaba pasando las de Caín. Se lo hubiera metido yo mismo. Habrá gente que quiera o haya querido a su padre igual que yo, pero más no. Nadie ha podido querer a su padre más de lo que yo quise al mío. Y no hubiera dudado en ayudarle a morir antes de que perdiera la poca dignidad que le quedaba entre esas putas sábanas. Esto mismo no lo hubiera ni pensado hace unos años. Ahora estoy convencido de ello. Así que mucho cuidado con lo que se dice. Podría ser que mañana alguien cercano tuviese que abortar bajo el amparo de esta ley asesina que deja indefensa la vida de la personas según la tal Cospedal, que los que defienden a capa y espada eso de tener niños con doce años (por cojones) se tengan que bajar del burro y cerrar el pico hasta nueva orden. Mejor ser prudente, meditar antes de decir y pensar que el mundo es el conjunto de millones de problemas, muchas veces, desconocidos para los que vivimos en un occidente acomodado. Cuidadín.


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