La mar de contentos

Qué cosas. Todos los adultos con los que he hablado durante los últimos días estaban deseando que acabasen las fiestas de navidad. Además, sospecho que un buen número de adolescentes esperan impacientes que llegue el lunes para ir al instituto. Ver a los amigos, escaquearse al salir de clase para fumar un cigarro prohibido o estudiar en casa de un compañero es siempre mejor que aguantar a padres, tíos y vecinos que intentar ordenarte la vida después de haber bebido medio litro de cava. Incluso los niños más pequeños conservan intacto el deseo de regresar a la guardería. El reencuentro con la comida del colegio es un placer. Tengo cuatro hijos y he aprendido que el problema de algunos niños que no comen bien en casa es ese y no otro. Comen en la guardería o en el colegio el doble de días que en casa y se terminan por acostumbrar. Las navidades han pasado y todos estamos la mar de contentos.
– Es que queremos recuperar la normalidad, me dice Silvia.
– Normalidad, claro, le contesto frunciendo el ceño. Sin creerme nada.
– ¿Lo ves? No hay nada mejor que hablar conmigo para poder pensar y luego escribir.
– Más normalidad, claro, claro.
Hoy los autobuses de Madrid están llenos de personas que sujetan bolsas de plástico llenas de prendas de vestir y objetos que jamás compraríamos en condiciones normales. Regalos que llegaron con la talla equivocada o que lo hicieron para dar el pego de un gasto generoso. Cosas que hay que cambiar por pequeñas, grandes o inservibles. O para que sean más baratas. Que para eso estamos en época de rebajas.Mañana los centros de trabajo se llenarán de hombres y mujeres deprimidos. Acudir, día tras día, a un lugar que te parece un infierno, en el que tienes que aguantar a un puñado de idiotas metidos en un traje de chaqueta o en una bata blanca o en un uniforme, es muy duro. Para todos. Incluso para ellos porque piensan que el resto son flojos y vagos y muy gilipollas. Los autobuses se llenarán de hombres y mujeres con bolsas de plástico. Otra vez. Los jovencitos pensarán que es mejor aguantar monsergas de la familia antes que escuchar al profesor de matemáticas. Y los niños más pequeños harán pucheros cuando se levanten pronto para ir al colegio. Miles de personas, después de ocho horas de trabajo, correrán a comprar alguna cosa, lo que sea. Que para eso estamos en época de trabajo.Hoy, mañana y pasado mañana, millones de personas con los pies doloridos, acabarán el día delante del televisor, mirando los anuncios con atención, intentando descubrir qué comprarán al día siguiente. Los jóvenes seguirán fumando en el cuarto de baño, intentando que el humo deje el menor rastro posible. Los más pequeños llorarán porque ir a la cama no les gusta.
– Oye, Silvia, ¿recuperar la normalidad es hacer lo mismo que todos los días antes de hoy?
– No. Es finjir que lo crees.
– Claro, claro. ¿Quieres decir que cuanto más nos imitamos a nosotros mismos más felices somos?
– Piensa, querido, piensa. Busca tu normalidad. La tienes al lado.


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