La mitad frente al todo

Hacía mucho tiempo que no coincidía con Eduardo.

Me he sentado para tomar un café mientras él lustraba los zapatos a un tipo con cara de pocos amigos. Al rato, después de dar las gracias por su visita al hombre malencarado, se ha acercado. ¿Un café? Mejor una copita de vino. Ese tío me ha puesto de los nervios. No va y me dice el muy gilipollas que debería limpiarle los zapatos gratis, que a la gente con dinero conviene tratarla bien para que nos manden más clientes. ¿Quién era don ricachón? Un anormal, don anormal_con_mucha_pasta. Yo no sé dónde vamos a llegar, de verdad se lo digo. ¿Lustramos los zapatos, amigo? Sí, pero yo le quiero pagar, Eduardo, que soy bastante pobre.

Hemos estado hablando de fútbol, de su novia, de cómo está la cosa de mal y de un librito que llevaba Eduardo en el bolsillo trasero del pantalón. “Sobre escritura y estilo” de Arthur Schopenhauer. Pero ¿cómo quieren que le tomen en serio los clientes leyendo estas cosas? Van a pensar que está usted loco, Eduardo. Bah, si casi nadie sabe quién es el autor. Se creen que es una novela de vaqueros o algo así. Se lo digo yo. Por cierto, mire lo que dice aquí. Me ha entregado el librito abierto por la página que quería mostrarme.

“No hay otro asunto serio en el mundo para muchos autores noveles que su cara persona: quieren hacerse notar”.

¿Qué le parece? Pues que este Schopenhauer era un tío listo. Que tiene toda la razón. Pero tampoco descubrió nada nuevo. Todo el mundo quiere hacerse notar. Por ejemplo, su amigo don ricachón, ha querido que usted supiera lo tonto que era. Y lo único que hacía era esperar a que le limpiaran los zapatos. Figúrese un chaval con una pluma en la mano la que puede intentar liar. Ya, don Gabriel, pero es que los novelistas se ponen ustedes muy pesados, quieren decirnos todo lo que les pasa porque quieren salvarnos de una vida espantosa o algo así. Deberían obligarles a tatuarse en el antebrazo la frase que dice πλευν ‘ῃμισο παντοσ. Muchas veces, la mitad vale más que el todo, significa. Lo sé, Eduardo. Me está asustando. Pues no se asuste lo aprendí de memoria y de griego no sé más. No confiese esas cosas, hombre, que había quedado como los propios ángeles. Tómese otra copa, Eduardo, porque le veo un poco trastornado. Vale, pero paga usted, que estoy canino.

De vuelta a casa pensaba en lo que el mejor limpiabotas de Madrid aprendió de memoria. Y en don ricachón. En su tontería. Y en la humildad de Eduardo al confesar que la frase era como un refrán sofisticado y poco más. Y en lo pesados que nos ponemos los escritores. En lo que tenemos que fingir para no parecer nuevos en cada frase. Queremos contarlo todo y no vemos obligados a tirar de las riendas cada día. Suerte que conozco a Eduardo.


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