La otra parte

El día se ha puesto extraño. Amaneció soleado y, ahora, amenaza tormenta. Bochorno de verano.
Buscar profundo es lo que toca casi siempre en la vida. Lo superficial apenas deja poso. Es tan cómodo como inútil. Los tesoros, siempre, se encontraron mucho más allá. Detrás de una gran roca que nadie pudo levantar antes, en el fondo del mar, en los momentos más difíciles. Y siempre fueron hallados por hombres y mujeres dispuestos a cualquier cosa antes que a pasar por el mundo de puntillas, sin hacer un solo ruido.
El sentido de la vida, eso que nadie encuentra porque no se busca, existe. No está en un bosque, ni en una iglesia. No. Está en nosotros mismos, forma parte de lo más íntimo de nuestra existencia. Es la propia eternidad. Será extraño que alguien que no lo buscó en vida lo encuentre después de morir. Quien busca la nada encuentra la nada.
La antropología, la religión (no una religión sino la religión), la mitología que llega desde un mundo simbólico que despreciamos a costa de un materialismo estúpido, la razón, todo invita a buscar la respuesta a una pregunta que nos formulamos desde niños. ¿Qué hago yo aquí? Nos empeñamos en jugar con el agua de la superficie sin querer meter el brazo y, luego, tirarnos sin miedo a un mar que se llama yo. Queremos tener olvidando ser. Y eso es tremendo. Perdemos la perspectiva del futuro a cambio de anclarnos a un pasado que debería ayudarnos a continuar, pero que se convierte en lastre. Perdemos nuestra condición de personas queriendo dejar la parte que no tocamos, la que nos asusta.
Lo que vemos creemos dominarlo, nos hace creer que nuestro poder es ilimitado, pero al aparecer el primer problema eso se derrumba. Porque lo indecible, lo inmaterial habita en nosotros mismos. Eso que sabemos que no sabemos nos martiriza y huimos asustados si lo percibimos cerca. Pero lo necesitamos en los momentos más difíciles porque sabemos que ahí se encuentra el sentido de todo.
Necesitamos buscar aunque no se encuentre. No sabemos qué intentamos asir, pero eso es igual. No hay explicación salvo que nos convirtamos en intrépidos exploradores de nosotros mismos. Explicación. ¿Por qué queremos explicaciones si nos llevan, a veces, hasta donde no queremos? ¿Pudo algún enamorado explicar por qué llegó a enamorarse de esa forma? Si alguien lo hizo es que no lo estaba. Lo que es necesario es buscar. Estar en movimiento para llegar, tan cerca como sea posible, a nuestro límite. Pero sabiendo que el hombre es finito con vocación de infinito, gracias a eso que no sabemos decir ni explicar aunque lo llevamos dentro.
Amenaza tormenta. Aquí. Y en lo profundo. Es hora de zambullirse sin miedo. Como tantas otras veces. Hoy necesito continuar con mi novela.


2 Respuestas en “La otra parte”

  • Edda ha escrito:

    Todas las tormentas cesan. Pero cuanto más intensas son, más perduran en la memoria. Sirven para que el tiempo se detenga y sintamos con más intesidad. Volvemos, no sé si indemnes, pero volvemos para continuar por ese camino que siempre es el correcto. Nos equivoquemos o no.

  • Poma ha escrito:

    Si , si de acuerdo…
    Pero hay que salir a la superficie a tomar aire.Quedarse en lo profundo,es mentalmente insano. Toda busqueda sin pausa , es agotadora.