La primera faena

Llevo unos días peleándome con el dichoso tono de la novela que empiezo a escribir; con el perfil de los personajes que hacen variar el lenguaje con el que se expresan en los diálogos e, incluso, el del propio narrador que se ve obligado a destacar algunos aspectos que antes no eran importantes en su discurso y que, ahora, van adquiriendo una relevancia imprevista; empiezo a dudar sobre lo acertado de las edad de los personajes, sobre su aspecto físico, sobre los detalles que luego, cuando el lector se enfrente al texto definitivo, quizás pasarán desapercibidos, pero que, sin embargo, se me antojan elementales, algunos intocables para poder seguir adelante. Comienzan las dudas. Serias, incómodas. A estas alturas la novela es otra bien distinta a la que tenía en mente hace un par de meses. No oculto que es lo que me divierte al escribir. Tener que narrar una novela sabiendo todo de ella me aburriría.
Hoy estoy estancado. No puedo avanzar en ninguna dirección. Al terminar de leer las pocas páginas escritas hasta ahora, he tenido que hacer un esfuerzo mayor de lo habitual para no tirar todo a la papelera hecho trizas. Tengo la costumbre de escribir a mano (la musicalidad del texto es otra, escuchar cómo la pluma se desliza sobre el papel hace que la escritura sea distinta) y hubiera significado empezar de nuevo. He decidido que los nombres de los personajes están equivocados, ellos no se llaman así. Y eso no puede ser. Ni hablar.
Pasa lo mismo con algunos niños. Los padres, ni cortos ni perezosos, miran el santoral el día del nacimiento y zanjan el asunto. A veces, pienso en qué hubiera pasado si mi nombre fuera Roque, Anselmo o, puestos a imaginar, Gratiniano. De entrada, en el colegio se hubieran reído mucho más de mí si me llamara Filomeno o Inocente (que nadie se lleve las manos a la cabeza porque esas cosas pasan). La vida debe ser diferente. Al nacer, a todos nosotros, nos marcan como a reses. Sin hierros incandescentes, pero casi. Y si no te gusta tienes que apechugar. Es lo que hay. Es la primera gran faena que nos hacen según asomamos la cabeza y puede ser llevadera o insoportable dependiendo del gusto de papá y mamá. En las novelas ocurre lo mismo (en las buenas, digo). Un personaje no puede llamarse de cualquier forma. Un error en la elección hace que el personaje tenga que arrastrarlo de principio a fin. Llamar Pepe a un personaje no es algo gratuito. Si lo haces será porque hay una razón que lo soporta. Un apellido que diluya ese nombre tan “gastado”, por ejemplo, podría ser una buena solución. Querer que el apellido sea el “nombre” del personaje hace de Pepe una buena opción. Es el caso contrario.
La ventaja en la novela es que puedes cambiar ese nombre y no pasa nada (si les llamáramos de cualquier forma si habría consecuencias). Nadie se entera de que Natacha fue María del Mar. Como los personajes “te los crees” o no (incluido su nombre), el novelista ha de tener cuidado con esto, con cualquier detalle. Todo es importante.
Pues decía que los personajes principales de lo que será mi tercera novela no pueden llamarse como se llaman. Les he marcado con poco tino y, ya que puedo, me lo voy a tomar con calma. Pensaré en nuevos nombres. Tachando los de ahora el problema se habrá solucionado. Lo difícil será encontrar un buen recambio.
Lástima que alguno no sea un personaje de novela para hacer lo mismo con su nombre. Su vida cambiaría. Estoy seguro de ello.


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