Nombres (8)

Sandra.
Tal vez fue el gesto de empujar la puerta para cerrar lo que le hizo pensar en ello. Quizás nunca antes había sentido que algo material podría crear una distancia imposible. Apenas veinte centímetros de madera se convertían en la negación de una vida entera. Él estaría al otro lado pensando, inmóvil, mirando fijamente el suelo, la mano apoyada en la pared. Incapaz de comprender.
¿Por qué cerrar aquella puerta si hubiera querido mantenerla abierta de par en par? Esta vez todo era diferente. Un hombre de los de verdad, soñado. Y ella atrincherándose en lo que tanto detestaba, en eso que enseñaba haciendo aspavientos para que todos supieran que no, que ella era distinta.
Lo que antes era un mundo construido a su medida en el que todos levantaban altares para venerarla se había convertido en un lugar para dos. Nada de caminar con él detrás pendiente de su belleza, de su simpatía o de una sonrisa. Incluso le podía imaginar siendo quien abriera camino. Si hablaban no era de ella sino de ellos, si pensaban lo hacían sobre una vida que no les pertenecía y que había que entender desde lo más profundo de la consciencia. El mundo se agrandaba. Volvía a ser la protagonista, pero no por ser ella sino por ser. Existían.
Pero cerró la puerta. Desde niña defendiendo que lo importante es lo que uno puede llegar a pensar, que la belleza es pasajera y que la imperfección se lleva a cuestas siempre. Y ahora cerraba la puerta. Lo cómodo resulta ser más atractivo que yo misma, pensó. Sabía que estaba cambiando el riesgo de ser por un puñado de halagos que llenaban un instante pequeño. Agarró el pomo de la puerta y movió la muñeca. A dos metros, él con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, apoyado en la pared, la cabeza ligeramente ladeada.
– Si quieres ser tú debes impedir que te construyan a base de decirte lo que deseas. Yo no podría hacer eso, pero merece la pena correr riesgos. Me gusta lo que tienes aquí dentro, dice llevándose un dedo a la sien derecha.
Ella deja de sonreír. Le gustaría poder hacerlo con ironía para despacharle con un ademán tantas veces repetido. Sin embargo, no, no lo puede hacer.
– Y ¿si arriesgo qué puedo conseguir? ¿A ti, tu arrogancia o ser un perrito faldero?
– No, nada de eso. Mejor lo dejamos para otra ocasión. Ya te he dicho más de una vez que no eres mi tipo cuando vas de reina de la noche. Si, en otro momento, te dejas de bobadas y decides ser tú, me llamas. Es eso lo que conseguirás. Ni más ni menos.
– Eres un estúpido. Ven aquí, idiota.
Se agarra de su brazo bajando un poco la cabeza mientras comienzan a caminar. Y él, a la vez que dice algo sobre su despiste, retrocede lo justo como para poder cerrar la puerta.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


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