La puerta entornada

Una vez dicho por primera vez; una vez dado el primer golpe; una vez visto con claridad; todo se hace realidad. Lo que parecía imposible, lo más improbable del universo; eso que nunca estuvo en el plan de vida, modifica la hoja de ruta diaria, se convierte en parada obligatoria dependiendo de que pase esto o aquello.
Nunca pegaría a mi hijo. Ni siquiera un azote en el culo. Y, un buen día, cuando el crío ha tirado la comida al suelo por hacer la gracia, o no ha comido porque es un memo o ha pintado la pared con rotulador o te ha sacudido una patada en la espinilla, le das ese azote imposible. Desde ese momento tienes la mano más floja, más larga.
Te querré siempre. Y, un buen día, hasta las trancas de alcohol, celoso y rabioso porque te parece que ella te hace de menos, le dices que no, que no la quieres, que es el mayor error de tu vida. La puerta queda abierta. Las excusas funcionan esa primera vez. La bebida, una racha tremenda en el trabajo o lo que sea. Tratas de cerrar la puerta a cal y canto. Empujas con fuerza, pero la puerta no cierra. Tan sólo logras entornarla. Miras; entiendes que así quedará para siempre porque una idea que te ha pasado por la cabeza alguna vez se hace definitiva al verbalizarla. Lo imposible se convierte en cierto cuando lo dices; cuando, por fin, entiendes que la realidad es otra distinta a la que dibujaste para la galería.
Ya no es necesario jugar con la llave antes de abrir. Todo es mucho más sencillo. Se repite. Voilà.
Y, mientras, en la otra cabeza retumba para siempre lo dicho; abre puertas imposibles; las alertas se disparan alzando barreras escondidas desde mucho tiempo atrás.
El mundo se hunde para siempre. Aunque nadie lo sabe salvo dos.


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