La sensibilidad oculta

Tuve un alumno (hablo de diez años atrás) que no sabía que su sensibilidad era parte importante de sí mismo. La tenía, la escondía, cuando hablaba con otros muchachos se mofaba de todo aquello que pudiera oler a sensible. Durante meses estuvo haciendo esfuerzos para que nada de su zona más íntima pudiera aparecer en público. Yo iba leyendo lo que escribía, sospechando que aquel hombretón que jugaba al rugby, que trataba a las chicas con cierto desprecio y que cuando escuchaba poemas bajaba la cabeza, escondía algo.
Una tarde, salvo que recuerde mal aproveché el día en el que estaban todos sus compañeros presentes, le hice leer un poema. Emily Dickinson.
Él era débil y yo era fuerte,
después él dejó que yo le hiciera pasar
y entonces yo era débil y él era fuerte,
y dejé que él me guiara a casa.
No era lejos, la puerta estaba cerca,
tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,
no había ruido, él no dijo nada,
y eso era lo que yo más deseaba saber.
El día irrumpió, tuvimos que separarnos,
ahora ninguno de los dos era más fuerte,
él luchó, yo también luché,
¡pero no lo hicimos a pesar de todo!
Terminó la lectura como buenamente pudo. Sin levantar la vista del libro me preguntó si podía salir de clase. Claro que no, le contesté. Para una vez que no estás imitando a un mal actor de película estúpida, me gustaría tenerte por aquí.
Una alumna, posiblemente una de las chicas más inteligentes que ha pasado por una de mis aulas, levantó la mano para poder hablar. Me gustas mucho más así de colorado y con la piel de gallina. Javo, así se llamaba don duro de pelar, me miró. Apenas sin poder contener las lágrimas por la ira me dijo que eso no se hacía. Dejé que pasara un minuto sin decir nada. Lo que no se puede hacer es aparentar lo que no se es. Tener sensibilidad, revolverse en la silla cuando te emociona no es cosa de mujeres. Y deberías estar muy orgulloso de poder leer a esta señora y sentir que cada palabra está en el sitio justo para que tú sientas algo. Deja de ser tan zopenco. Además, Javo, el próximo partido puedes entrar al contrario con la misma violencia. No sería bueno que te pusieras el tutú para jugar. Cada cosa a su tiempo. Hubo risas y el chaval se sentó en su silla con la sonrisa en la boca. Por supuesto esto creó cierto revuelo entre mis alumnos y, supongo, que se comentó en muchas ocasiones.
Es algo habitual que estas cosas ocurran y es algo habitual que, cuando un hombre dice esto sin problemas, las mujeres crean haber encontrado un bicho extraño por el camino. Todos tenemos esa parte sensible (a veces confundida con la sensiblería y lo cursi). Sólo hay que buscar, agarrar y tirar en el momento preciso.
Todo esto lo cuento porque me dicen que Cristina me lee. Yo no lo sabía y dado que mi número de lectores es tan bajito es algo imperdonable. Me sé nombre apellidos, número de teléfono y, en algún caso, talla de pantalón. Me dicen que vive en Valencia. Y que le sorprende encontrar entradas que no esconden esa sensibilidad tan prohibida a los hombres.
Pues ya sabe Cristina y toda mujer de este mundo lo que tiene que hacer. Buscar, agarrar y tirar. Y, sobre todo, no creer que su marido, su novio, su amante o lo que sea, cuando piensa lo hace en el trabajo, en el fútbol o en cómo cambiar de coche. Les aseguro que sufren si ustedes no les hacen caso, o si se sienten despreciados y si ustedes insisten en ponerse guapas para salir con las amigas y andar por casa hechas un asco. Y les aseguro que sus queridos maridos se emocionan con lo que escuchan, con lo que ven y, sobre todo, con lo que sienten (concretamente por ustedes). Al fin y al cabo, somos personitas de carne y hueso.
Eso le pasa al marido, novio, amante o lo que sea de cualquiera. Así que manos a la obra. (Si alguien puede que avise a mi señora esposa).


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