La trituradora de todos

Siendo un chaval acudí con mi padre a ver un combate de boxeo. Uno más. Siempre iba con él. Me gustaba mucho entrar en aquel gimnasio y que me desordenaran el flequillo los adultos mientras me preguntaban la fecha de mi primer combate. Ese día todo fue diferente. Debutaba uno de los púgiles. El otro era un muchacho experimentado con la nariz torcida y mirada asesina. Recuerdo perfectamente la cara del nuevo, sus pantalones blancos. En el primer asalto fue dos veces al suelo. En el segundo una más. La nariz rota. Sangre en los pantalones blancos. Al terminar el tercer round confundió la esquina y se fue a sentar en una neutral. En el suelo, desorientado. El entrenador le llevó hasta la suya. Pude oír cómo le decía que se agarrara, que impidiera que le sacudiese en la cara. Tenía una ceja a punto de abrirse. Fue lo que hizo, pero el otro le destrozó los costados. Eso es la perdición para el boxeador. Te dejan sin aire. Te conviertes en un saco de entrenamiento. Quinto asalto. El debutante, sangrando por la ceja y por la nariz, se levanta de la banqueta al sonar la campana, pero se arrodilla. Apoya el trasero sobre sus talones y los guantes en los muslos, casi pegados a las rodillas. El público silba, le insulta. El muchacho niega con la cabeza. No quería recibir un solo golpe de más. Era inútil. Ya no quería seguir. Aquello no tenía sentido. Este chico se acaba de suicidar, dijo mi padre.
Recuerdo este combate siempre que oigo decir a alguien que en esta vida cada uno tiene lo que se merece. Eso es mentira. Es el mayor de los embustes. No creo que nadie, por malo o bueno que sea, merezca una vida que le machaque, que le haga añicos una y otra vez. Aunque hagamos mal las cosas necesitamos alguna oportunidad porque el que tiene que levantarse intuyendo que le llegará otro batacazo termina agotado, prefiere arrinconarse y esperar que los golpes sean menos dolorosos. Y eso no puede aguantarlo nadie, ni puede merecer semejante tortura. Mejor hacer lo que aquel joven púgil.
Es verdad que la vida es una trituradora de ilusiones. Que está llena de caminos para elegir y que sea cual sea la elección será equivocada. Esta vida se nutre de ausencias, de derrotas, de pena. Pero todo tiene un límite. Incluso el aguante del ser humano. Es mucho lo que el hombre puede soportar, mucho más de lo que se cree, aunque es limitado. Aquel chico no se merecía aquella paliza, ni los insultos. Su ilusión (la de ser boxeador) desapareció en veinte minutos, eligió el camino lógico (no quería terminar en el hospital con una lesión cerebral irreversible) y le dijeron que estaba equivocado. Si se hubiera dejado machacar el cráneo le hubieran dicho que era imbécil. Seguro. Salió derrotado. Como todos nosotros cuando salimos de la oficina; cuando, antes de acostarnos, intuimos que el día siguiente será igual que hoy; igual que en esos momentos en los que no queremos hacer balance de nuestras vidas porque sentimos miedo pensando en el resultado.
Creo que si la vida me hubiera ahorrado algún golpe, si me los hurtase a partir de ahora, tendría algo más cercano a lo que creo merecer. Me sobran todas las desgracias. Y me temo que a todos nos pasa lo mismo. Así que cuidado con esas frases tan redondas y tan fáciles de utilizar. Cuando se piensan son pesos muertos difíciles de sujetar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


2 Respuestas en “La trituradora de todos”

  • Carmen Neke ha escrito:

    Decir que cada uno tiene lo que se merece es una forma de pensamiento mágico ante la adversidad ajena. Si les ocurren desgracias es porque algo habrán hecho para merecerlas, mientras quien piensa esto se considera tan virtuoso que nunca podrá atraer hacia sí tales desventuras. Una línea de pensamiento especialmente perniciosa, porque añade a la ya presente desgracia el sentimiento de culpabilidad de haberse hecho merecedor de la desventura.

    Nadie se merece ser desgraciado. Nadie, en absoluto.

  • Poma ha escrito:

    Gran verdad