La última fila del gallinero

He resucitado. Tres días en Sevilla con la agenda hasta los topes y el resto del tiempo desde mi muerte transitoria sin ganas de escribir. Pero aquí estoy. Vivito y coleando. De regreso al mundo.

Dichosos regresos. Siempre dolorosos, agrios. Aún recuerdo, siendo un chaval, esas vueltas a casa desde el lugar de vacaciones. Atrás quedaba un sitio en el que deseaba vivir para siempre, una chica que me había gustado más que nada en este mundo, nuevos amigos. Todo efímero. Y a las pocas horas la realidad conocida y, por ello, gastada y hueca. Regresar es dejar lo que anhelas. Porque si no encuentras algo agradable en un viaje a cualquier parte significa que estabas anclado en el punto de partida. Nunca comenzaste ese trayecto que creíste haber hecho.

Estos días muerto (confieso que han sido muchos más de seis o siete) me devuelven a donde estaba. La diferencia es que ahora soy capaz de reconocer el escenario y el asiento en el que me han colocado. Creía estar (antes de morir) en un palco y resulta que no. Para entendernos: estoy en la última fila del gallinero. Llevo sentado en la misma butaca mucho tiempo sin enterarme. Ahora toca acomodarse de nuevo. Guste o no, la butaca de uno es obligatoria porque la vida es una sesión numerada. Sólo si otros abandonan sus localidades cabe la posibilidad de ir mejorando la perspectiva. Terrible, sí, pero es lo que hay. No busquen más y miren con detenimiento dónde demonios están para poder ahorrarse ir a la taquilla a reclamar algo que no les corresponde. La señora que vende entradas tiene mal genio y le tienen dicho que las reclamaciones son por escrito, que ya contestará el que tenga que hacerlo si es que alguna vez lo hace, y que si alguno se pone gallito lo que hay que hacer es echarle fuera del establecimiento. Ya saben, lo del derecho de admisión y esas cosas.

Me he prometido que no me moveré del sitio. Al menos podré terminar de ver la película. Me conformo. Sin preguntas porque a cada una de ellas llega una contestación que quizás no quiera saber. Inventando un argumento que se parezca a lo que pensaba ver. Eligiendo la música de fondo para tararearla a gritos y, así, no escuchar la banda sonora original. He comprado un gran paquete de palomitas que no podré compartir con nadie (una pena porque la felicidad se parece mucho a eso), una lata de cerveza que se irá calentando con el tiempo y no habrá quien beba y unas gafas de madera que me pondré cuando en la pantalla aparezca la imagen desde el ángulo que no quiero ver.

El viaje ha terminado y con él muchas cosas. El regreso ya es historia. Buena parte de mí también lo es.

Había prometido dar un giro a mi blog. Y nada. Quizás sea lo único que puedo mantener intacto. No dejan de ser (estas líneas) una forma de ordenar las escenas a mi gusto. A nadie, ni bajo tortura, le pueden arrancar sus convicciones ni su forma de entender un entorno que le hace ir y venir, dejar atrás lo mejor de sí mismo. De aquí no hay quien me mueva. Al fin y al cabo, desde la última fila del gallinero se ve la película del mismo modo y puedes echar una larga cabezadita sin que te vean.

Dichosos regresos. Siempre dolorosos, agrios.


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