La única respuesta

Cierro los ojos y me dejo llevar. Todos se han acostado ya. Me hacía falta un rato a solas. Tranquilo. Tiempo para reflexionar sobre todo lo que tengo abandonado entre tanto trabajo, tanto crío, tanta preocupación. Fumo. Las notas desordenadas sobre la mesa. Un último café. Ni sé el número que hace.

Cuando era un niño miraba a mi padre si salía a la terraza para estar a solas o si se sentaba en el sillón sin hacer otra cosa que mirar la pared de enfrente. No estaba mucho tiempo así. Esta casa estuvo tan llena de niños antes como ahora, el tiempo era escaso para hacer lo que fuese. Le miraba y, muchas veces, hubiera dado cualquier cosa por saber qué pensaba, por qué miraba de ese modo. Se llevaba la mano a la barbilla y podía escuchar el ruido que producía el roce de la piel contra la piel. Un día, no sabría decir cuándo fue, dejó de mirar la pared. Hizo un gesto para que fuera hasta donde estaba. Antes de llegar se levantó y me hizo salir a la terraza. Puso una silla a su lado. Ambos apoyamos los codos en el muro. Desde mi casa se puede ver buena parte de Madrid. Estuvimos un rato largo así. El fumaba, yo imaginaba que también lo hacía. Si apoyaba la barbilla en la mano le imitaba intentando disimular el movimiento.

– Qué pintamos aquí. Sobre eso pienso. Una pregunta que terminarás haciéndote cuando pasen unos años.

– ¿Has encontrado respuesta?

– Sí, claro. Sólo hay una y sirve para cualquiera que se haga esa pregunta. El problema es saber trazar el camino.

Estuvimos un rato más hablando de (supongo) cosas sin importancia. No las recuerdo. Y, desde ese día, le acompañaba en sus ratos a solas (ahora conmigo) en la terraza. Apenas hablábamos, pero me gustaba mucho compartir ese tiempo con él.

Poco antes de morir, cuando ya sabía (yo) que quedaba muy poco tiempo, cuando se me estaba muriendo sin que pudiera hacer el más mínimo esfuerzo por parar aquello, hizo un gesto con la mano para que me acercase a su cama. Dijo un par de cosas que sólo un padre puede decir y me preguntó si ya sabía qué coño pintaba en este mundo. No, le dije, no lo sé, papá. Aún no me lo has preguntado, contestó. Bueno, me he dedicado a imitarte. Creo que será suficiente. Y, ahora, descansa. Él sabía que ya me lo había preguntado cientos de veces y que ya tenía la contestación, la única posible y que sirve para todo el que se pregunta. Primero confundí la respuesta con los vehículos que tendría que usar para conseguir llegar a esa meta. Cuidar de mis hijos, de los que se fueran haciendo ancianos; trabajar duro, escribir, amar. Pongan todo lo que se les ocurra. Es todo la misma cosa. Viendo a mi padre muriéndose sin remedio me reafirme para siempre. Aquí estamos para ser lo que toca: personas. No mejores ni buenas personas. No. Personas a secas. Tenemos una única misión. Ser nosotros, existir, llegar a rozar lo está más allá de lo físico. Por eso mi padre murió sin quejarse una sola vez. Sabía que era eso (no morirse sino llenar de trascendencia su existencia), que estaba a punto de lograrlo.

Me hacía falta un rato a solas. Tranquilo. Tiempo para reflexionar sobre todo lo que tengo abandonado entre tanto trabajo, tanto niño, tanta preocupación. Sobre mí mismo y el camino que comencé a trazar hace tantos años mirando Madrid sobre una silla, con los brazos apoyados en un muro, imaginando que fumaba.


1 Respuesta en “La única respuesta”

  • Edda ha escrito:

    Lo que tienes abandonado ocupará su lugar, algún día. Yo sólo espero que tu camino sea muy largo y que no necesites muchos ratos a solas.