La única verdad

Afirmar que todo es relativo parece cómodo y facilón. Es negar una capacidad del ser humano. La de llegar a tener una certeza, la de aprehender una verdad absoluta. El hombre, desde que lo es, ha intentado llegar a ella para comprender el mundo y, por tanto, negarnos esa posibilidad es absurdo. Quiero decir que, por ejemplo, podemos creer o no en la existencia de Dios, pero es mejor intentar demostrar, haciendo uso de toda herramienta de la que dispongamos, que esa existencia es o no verdadera. Cosa bien distinta es que se alcancen resultados satisfactorios o que los fracasos se acumulen uno detrás de otro. Eso es otro cantar. Lo que creo yo que no es bueno es entrar en una espiral de relativismo que no permita avanzar el pensamiento o que anule procesos de búsqueda por difíciles que parezcan.
Esto de la verdad absoluta tiene un aspecto enorme y puede causar cierto pánico. A mí me parece algo con lo que no se puede jugar. Mejor que sean los filósofos los que se peleen con la razón porque el que lo hace sin saber a qué se expone suele terminar tarumba perdido.
De hecho hay algo que no es relativo pues sabemos con certeza que va a suceder. La muerte. Sí, la muerte, la nuestra, la de todos. Desconocemos el momento en que se producirá, eso es verdad, pero que nacemos para decir adiós es una verdad innegable. Y creo yo que es bueno que así sea. Morirse y no saber cuando. Una vida eterna sería un auténtico martirio. Conocer el instante en el que uno tiene que palmar sería peor aún. Íbamos a parecer yogures con fecha de caducidad y todo.
La física, la química y las matemáticas, por ejemplo, avanzan en el campo que les toca. La filosofía y la teología, por ejemplo, lo hacen en su territorio. Bien diferentes, complementarios. Progresan todas las ciencias queriendo dibujar verdades absolutas. Pero con algunos problemillas. Pienso en la psiquiatría. A un individuo que está triste le llenan de pastillas para que esté contento. O al contrario. Pero si ese buen hombre deja de medicarse puede acabar como una cabra. De hecho, seguramente lo está, pero los médicos lo maquillan con pastillitas de diferentes tamaños y colores. No sabemos como funciona el cerebro humano. Y pienso en lo que señalaba antes, en la existencia de Dios. Te lo crees o no. Es verdad que los teólogos arrimados a un realismo feroz han creído demostrar que no hay duda, que Dios existe, que eso es tan verdad como que el agua está compuesta por hidrógeno y oxígeno. Pero no. Es tan fácil (o difícil) construir esa existencia como desmontarla desde una corriente filosófica distante. El ser humano es capaz de saber hasta donde puede. Sólo hasta donde puede. Lo que pasa es que ese límite está más allá. Siempre un poco más allá. Por eso conviene no cerrar el círculo relativista.
Dejemos que las ciencias lleguen hasta donde sea necesario, sin negar nada por el simple hecho de no llegar a entenderlas. Desconocer algo no convierte la cosa en imposible. Nos convierte en ignorantes.
De momento sabemos que somos como los yogures. Caducamos. Pero tenemos la suerte de no tener tatuada la fecha exacta. Algo es algo.


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