La utilidad de los escombros

Reparan la cubierta del invernadero que veo desde la ventana de casa. Durante los últimos treinta y seis años he visto cómo las tejas se iban estropeando. Ahora las cambian. También las vigas de madera que se sustituyen por otras de metal. Y de paso arreglan el interior. Lo curioso es que no han empezado por uno de los extremos del edificio (alargado y bastante bajo) y han continuado reparando hasta llegar al otro. No. Lo hacen primero aquí, luego allí, el siguiente tramo diez metros más allá. Quizás eligen las zonas más problemáticas antes o al contrario si piensan que lo que peor está no tiene solución.
Mientras observo los tonos de las nuevas tejas, escucho Dancing in the dark de Julian Cannonball Adderley. Supongo que convierte la imagen en algo más llevadero, más divertido o en parte de una escena imaginada alguna vez con uno mismo como protagonista. Siempre tuve tendencia a mirar poniendo música. Las personas caminan al ritmo que marca la partitura, los pájaros se lanzan en picado acompañando las notas más agudas o la lluvia repiquetea en el vidrio acompañando al saxofonista que frasea rompiendo la lógica para que le entendamos.
Las tejas rotas se amontonan en los laterales del edificio. Un par de hombres llenan sus carretillas y las vacían en un contenedor que les queda algo retirado. Pronto lo llevarán al solar en el que se levantará un nuevo inmueble. Los escombros sirven, entre otras cosas, para eso, para soportar lo nuevo. Y pronto la cubierta del invernadero que veo desde la ventana de casa estará completamente reparado, capaz de aguantar otros treinta y seis años más. Los que lo vean por primera vez pensarán que siempre fue igual. Así funcionan las cosas.


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