LA VERDADERA HISTORIA DE GARFIO (1ª PARTE)

El calor hace que la gente se tire por la ventana, se vuele la tapa de los sesos o se coma una cantidad improbable de pastillas de diferentes colores. Todo depende de lo que guste el espectáculo. Los hay que prefieren montar un numerito incluso cuando no van a saber el efecto que va a producir. Si hace frío la gente siente menos la necesidad de ser honestos consigo mismos y dejan pasar el tiempo mientras piensan en cómo quitarse la vida. Debe ser que el letargo es algo mucho más universal de lo que creemos.

Yo no. Yo en verano me dedico a disfrutar de los días entre las sábanas mojadas de sudor, del hedor que desprendo porque siempre me ha gustado oler a hombre. Me gusta escuchar discutir a los vecinos por cualquier idiotez, comprobar como su matrimonio se deshace según pasan los días en los que falta el oxígeno. Suelo escuchar la música más alta de lo habitual. Se desesperan y terminan haciendo pagar el pato a los niños. Eso si tienen críos en casa. Si no, es la mujer la que termina con la cara roja. El barrio es así. Aquí todo acaba de la misma forma. Guantazos por aquí, una patada por allí, gritos, amenazas. Por eso me gusta escuchar la música a deshoras y muy alta. Es divertido. Yo estoy a salvo.

Me siento feliz. Quizás sea uno de los tipos más felices que existan. A veces un poco solo, a veces un poco desubicado, pero siempre esperando la gran oportunidad, ese momento en el que la fortuna me sonreirá para que deje de ser un parado feliz. Me encanta pensar que alguna vez seré un vago millonario.

Una sola vez me sentí desdichado. Triste alguna vez más. Al fin y al cabo eran mis padres los que murieron en aquel accidente. También me sentí algo triste el día que me echaron de casa por no pagar al casero. Era avaro, muy avaro. Nunca perdonaba a un inquilino que no pagara doce meses seguidos. Y cuando veo en la televisión sufrir a los niños chicos. Eso me pone tristón. Desdichado una sola vez. Nunca entenderé el porqué de aquello. La respeté cada día, no dejé que nada malo le sucediera, incluso renuncié a merendar alguna vez por ver cómo salía de la panadería. Vestía muy bien, con elegancia. Ese último día llevaba puesto un vestido estampado y unas sandalias de cuero negro. Al acercarse y decirme que no quería verme un día más, cuando el que decía ser su novio me sacudió ese puñetazo en la nariz, ese día, ni antes ni después, se me vino el mundo encima.

Lo superé pronto. Y era verano. Ni me tiré por la ventana ni nada de eso. La honestidad de otros es idiota. La mía tiene que ver con el placer de seguir adelante sin dar ni golpe. Sé que aún hoy se estará arrepintiendo de lo que hizo.

En la radio han dicho que ayer fue el día que más gente se ha suicidado en lo que llevamos de año. Doce personas.

Hoy tengo que ir al hospital. El azúcar se me ha disparado. Nunca confieso que sigo comiendo dulces cuando me da la gana, que el régimen no sé ni como es, que las pastillas ni las cato. Así voy al hospital cada mes y me ingresan. Otro mes viviendo del cuento. Si al regresar sigo teniendo casa me vuelvo a meter. Aunque los caseros no perdonan y aprovechan para sacar lo poco que tengo a la calle, pintan la casa y meten a cualquiera en mi lugar. Y no pasa nada. Sigo siendo feliz con lo que tengo.

Cuando llegue me dirá la enfermera que esto no es normal, que si quiero quedarme tieso en cualquier esquina, llamará al doctor. “Está aquí Garfio. Record del mundo en azúcar, colesterol, triglicéridos. Tensión de locos. ¿Le ingreso?”

Me encanta la vida, la música, escuchar los golpes que se dan unos a otros. Sin ello sería infeliz.


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