LA VERDADERA HISTORIA DE GARFIO (2ª PARTE)

Me irrita pensar que la gente me detesta por gordo, por mi forma de sudar, por cómo separo las piernas cuando camino, por ocupar dos asientos en el autobús. Me enfada porque, si tuviera que odiar a alguien como yo, lo haría por ser tan flojo, por vago y parásito. Pero no, la gente se dedica a tomar productos que saben a pastilla de leche de burra y mirar a los gordos como si fuéramos los que les fastidia la vida. Ser gordo es imperdonable. Morir de hambre para lucir un tipo de espárrago es un problema social enorme. Ser vago es una gracia. ¿Quién no tiene un hijo vago, un chaval que no estudia porque no le sale de las narices? Eso es normal, lo da la vida. Pero ser gordo es asqueroso. ¿Alguien se fija en un gordo en la fiesta de nochevieja? Para los gordos están las gordas o los que ya perdieron el último vagón de pasajeros y tienen que subir al primer mercancías que aparece.

Era un niño cuando mis compañeros me sacaron al patio, me robaron el bocadillo y me obligaron a correr por el patio como si fuera una gallina sin cabeza. No querían gordos en el equipo. “Corre, gordo, quiero verte con veinte kilos menos la semana que viene” decía aquel rubito con patas de alambre. Corrí lo que pude hasta que ya no di más de sí. Me rodearon, me insultaron. Uno tiró de los pantalones hasta bajármelos a la altura de las rodillas. Yo intentaba taparme como podía. “Cerdo, San Martín está a la vuelta de la esquina. Te vamos a convertir en morcillas”. Ni siquiera pude gritar. Estaba aterrado. Siempre fue así. Me han despreciado por ser gordo. Sin embargo ahora disfruto sabiendo que buena parte de sus nóminas va a parar a mi camita de hospital. El gordo asqueroso vive de su trabajo.

– Ya tenemos los resultados. Hoy no te ingresamos. Tus niveles de azúcar son normales, el colesterol y los triglicéridos también.

– Entonces ¿qué me pasa? ¿Por qué me siento así?

– Por la acetona. Cuando los niveles se elevan provocan esa sensación. Es lo que tiene esto de adelgazar diez quilitos en una semana.

El médico me ha dado un par de golpecitos en el hombro, sonriendo, como diciendo que soy un buen chico. Y antes de salir al pasillo me ha dicho que espera verme pronto por allí para que me pueda controlar la bajada de peso.

Es imposible. Estoy adelgazando. Mi vida se hace añicos.


Comentarios cerrados.