La vida desde una escarpia

Las personas, finalmente, nos convertimos, bien en trofeos para colgar disecados en una pared mustia, bien en cazadores. Queremos sentirnos especiales y la única forma de conseguirlo es poseer a otros que se rinden a nuestros pies como forma de vida. Da igual el precio que se pague. Uno mismo siempre es más valioso. Queremos ser perseguidos y atrapados (sin querer comprender que terminaremos en manos de un taxidermista sin piedad) para sentir que la importancia también llega de fuera, que no es cosa inventada por uno mismo. Corremos enloquecidos detrás de nuestra presa para mostrarla con orgullo al resto de los que han buscado pistas que acortaran el camino. Corremos enloquecidos delante de los que quisieran tenerte al lado para dar importancia a algo tan absurdo como la esclavitud en pago a sentirse vivo.
Sólo al comprobar que todo era un esfuerzo soportado por la vanidad, sólo cuando nos vaciamos sabiendo que el mundo se ha convertido en un lugar estúpido en el que ocupamos palco de honor; sólo en ese momento, nos paramos para que pase un sofoco inútil, completamente estéril. Desesperados levantamos la mano, hacemos aspavientos para que alguien fije la mirada y volvemos a empezar intentando solucionar el problema con la suma de otra carrera camino de una felicidad inventada que, pensamos, será la definitiva.
Presas, depredadores, esclavos. Al final todos colgados de una escarpia de una pared mustia. De lo que llamamos vida.


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