La vida vale dos cincuenta

Cuando iba a saltar desde el quinto piso recordó que se había quedado sin mantequilla. Se agarró a la persiana para no caer. Volvió a entrar, se atusó el pelo y fue a por el monedero.
Esperaba en la cola para pagar (compró un poco de jamón para aprovechar el viaje) pensando que le había salvado la vida una puta tarrina de mantequilla. Y no le hizo ninguna gracia. Hubiera preferido la mano fuerte y segura de un bombero. O la de un taxista borracho. Eso era lo de menos. Pero lo de la mantequilla le parecía deprimente. La próxima vez llamo primero al teléfono de emergencia y así evito esta situación tan ridícula, murmuró entre dientes. Me tendré que pintar un poco. Y la falda estampada es una buena opción.
– ¿Cómo dice señora? Ah, creía que me decía algo. Son dos cincuenta. Gracias.


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