Lealtad

El diccionario de la lengua española incluye miles de palabras. Unas muy utilizadas, otras desconocidas. Es muy difícil conocer el significado de todas ellas. Y muy peligroso olvidar algunas que deberían ser más utilizadas, más conocidas y nunca dejadas en el olvido.
La primera acepción de la palabra lealtad es la siguiente: Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien.
No hace falta aclarar, creo, que la hombría de bien es lo mismo que la honradez. No hace falta aclarar, creo, que el honor es, entre otras cosas, una cualidad moral que nos hace cumplir con nuestros deberes, ya sean respecto a otros, ya sea respecto a uno mismo. Pero lo aclaro por si alguien se ha despistado.
Alguno ya se estará preguntando a qué viene todo esto. Palabras que se escuchan poco, que se tienen reservadas para momentos muy concretos, palabras que casi da miedo utilizar porque suenan antiguas y nos pueden convertir, ante los demás, en personas viejas.
Siendo jovencito (es decir, hace muchos, muchos, años)  escuché una conversación que mantenía mi padre con un compañero de armas. Con gran seriedad, mi padre escuchaba sin hacer un solo gesto, sin interrumpir una sola vez a su interlocutor. Él fumaba y recuerdo que consumió hasta cuatro cigarrillos. Yo intentaba estudiar en la mesa del salón aunque no encontraba la manera. Intuía que algo importante estaba a punto de ocurrir. Y así fue. Cuando aquel hombre terminó su discurso, mi padre apagó lo poco que quedaba del cigarro, se levantó y dijo con voz grave, impetuosa, firme, eso que vas a hacer es desleal. Completamente desleal e intolerable. Y se acabó la conversación.
En casa, aquello resultaba algo insólito. Acusar de deslealtad a otro era algo así como marcar una distancia imposible de salvar por siempre jamás. Creo que ni se despidieron cuando el hombre se marchó. Ser desleal era lo peor que se podía llegar a ser.
Si alguien te insultaba (por ejemplo, te llamaba gilipollas) no era del todo importante. Un enfado lo tenía cualquiera, era cosa de chiquillos que se dicen de todo en la calle o no le des importancia a las cosas que te diga alguien como él. Siempre se rebajaba el valor del insulto. Uno soltaba espuma por la boca de la rabia y te insultaba para que te enfadaras. Poco más. Pero si alguien te llamaba desleal o algo parecido, algo que tuviera que ver con eso que te enseñaban como vital, significaba que se ponía en duda todo tu ser, que tu forma de entender las cosas era razón suficiente para no tener espacio en común con los otros. El insulto se quedaba más en el terreno de la anécdota, de la mala educación o de un momento de ira. No había análisis por parte del que lo profería, no había argumentos para recibirlo y preocuparse. Pero lo de no ser leal o negarte cualquier valor importante llevaba implícito cierto grado de reflexión del que acusaba, un enfrentamiento frontal y profundo. Así, al menos, lo veía yo, así lo aprendí y así sigo percibiendo el asunto.
Hoy, eso es lo que veo a mi alrededor. En la lejanía o a veinte metros. Mire donde sea que mire. Mucho insulto y poca reflexión; mucha preocupación por lo superficial y desprecio por lo realmente importante. El momento por encima de una mirada que abarque lo fundamental. Una forma de triturar personas como otra cualquiera. Si él no es leal ¿cómo voy a serlo yo? Como si la lealtad o cualquier otro valor fueran moneda de cambio.
Fidelidad, honor, hombría de bien. Si preguntásemos a cien personas no creo que supieran qué significan más de una docena. Nadie se acuerda de lo que representan, nadie se plantea lo que hemos perdido por el camino. Pero todos sabemos lo que es un pelotazo o ser un corrupto.
Ser leal. Dormir tranquilo y no tener que mirar al suelo cuando alguien se acerca. No serlo. Ser mezquino.
La lealtad es un valor, que el que escribe considera, fundamental. Pero no es el único. Casi todos olvidados, escondidos, manipulados. Una pena. Algo que terminará pasando factura no tardando mucho en todas las sociedades del mundo entero. Lealtad, honor, valor, sacrificio, solidaridad, amistad. Palabras gruesas que parecen reservadas para unos pocos locos y que sólo tienen cabida en las grandes ocasiones en las que el discurso tiene que ser tan fastuoso como ridículo y vacío. Una pena. De verdad.


Comentarios cerrados.